Reinan entre
mortales los amores perfectos que duran una eternidad. Otros, no tan sublimes, triunfan
y palpitan tan solamente lo que dura un lirio. Ninguno de ellos suele ser
infinito, no obstante en medio a estos extremos de los afectos habite el “amor
de mariposa”.
No hablo de
la noctámbula y luminiscente luciérnaga celosa sino de la otra, la de mil colores,
la que del capullo de un corazón humano, luego de nutrirse del plasma de la ilusión
y los ensueños del alma del seducido, en un soplo trueca espontáneamente su
silueta para convertirse en una pequeña palomilla que hace revolotear a todo manivacío
de amor por perpetuos cielos de delirios.
A causa de
una mutación de sentimientos, el apasionado se escabulle o guarece raudo en
guaridas de amor capaces de dar multicolor al mundo, no del firmamento imposible
sino del mundo chico, ese perímetro señalado en el que solemos habitar los
humanos.
En
consecuencia, la metamorfosis del al igual que las mariposas, resulta de
tipo completa y complicada. Un proceso susceptible que incluye grandes cambios mentales
y estructurales que abarcan desde el nacimiento del amor, pasando por el
desarrollo embrionario de las emociones, hasta alcanzar su completa madurez
ataviada de múltiples coloraciones, tal cual le ocurre a las mariposas de
colores.
Al
emerger hacia la vida, la mariposa adulta, al igual que el amor pasional, se
encuentra extremadamente frágil, con las alas pequeñas y húmedas. Éstas luego
se estiran y fortalecen completamente, dando comienzo la mariposa a su
maravillosa vida como un insecto alado. Vuelan, así como vuela la imaginación
del ebrio de amor, hasta agotar todas sus energías y morir.
Algunas
mariposas tienen una vida adulta muy breve, aunque otras llegan a vivir meses
como es el caso de otras similares de su especie.
El
amor innúmeras veces no. O él se torna eterno en cuanto dura, o muere al primer
desengaño.

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