Desde el imaginario social que enlaza violencia y adolescencia, puede afirmarse
que con el advenimiento de la modernidad gran parte de la sociedad parece
sostener imágenes sociales tan complejas como ambiguas. A grandes rasgos, y
simplificando, se plantean dos grandes grupos de este imaginario social que se
refieren al “adolescente entre la
homeostasis y lo anti-homeostático”. Me refiero aquí
especialmente a este último en la parte de un trabajo que se relaciona con la
primera imagen del adolescente en la modernidad: el masturbador (Barrán, 1991),
que hoy sería el consumidor de pasta base, imagen en la que podemos suponer que
se sintetiza el terror de “un mundo en
peligro de derrumbe”.
Una consecuencia de esto, es que hay un sutil pasaje del realizar actos
violentos a tener una identidad violenta. Los jóvenes sin acceso a cultura y
marginalizados en las periferias -por ser el eslabón más frágil de la cadena de
la actual miseria humana- sin duda cometen actos de violencia por diversos
motivos, pero la identidad según la cual se transforman en “jóvenes violentos”
les viene proporcionada por el imaginario social.
“Jóvenes violentos” es una forma en que la violencia de estos jóvenes
toma un sentido, en tanto se le asigna una identidad, y por tanto un sujeto que
la porta. Es una forma de “psicologizar” la violencia. Es también una forma de
orden social, porque la violencia que ejercen los jóvenes no queda como algo
absurdo, extraño, impensable, sino que queda integrada a una lógica que tiene
que ver con lo juvenil. “Estos jóvenes no pueden ser sino violentos” -se dice
implícitamente- “porque tal es su naturaleza y tal es su identidad”.
Con todo, aquí, en esta
parte sur del hemisferio, lo que tenemos una vez que alguien recibe una
condena, son verdaderas factorías de gentes marginales -la mayoría de ellos jóvenes-
que necesitan vivir apiñados que ni chorizo o morcilla dentro de esos antros
penitenciarios que se han convertido en verdaderas “facultades del crimen”. Por
su vez, las autoridades gubernamentales de estos estos países meridionales hacen
caso omiso a la situación degradante y deshumana de esos encierros que se han
transformado en caldo de cultivo para más violencia y transgresión de las
leyes, en cuanto en la parte norte del mundo un sinnúmero de criminosos la
pasan un poco mejor.
Sin ir más lejos, hoy día los holandeses están
lidiando con una cuestión fuera de lo común: “No existen suficientes presos
para el número de penitenciarias que existen en el país”.
A bien verdad, una tercera parte de las 13500
celdas están vacías. Eso significa que 5 penitenciarias probablemente deberán
ser cerradas en breve. El problema reside en que por lo menos 1900 funcionarios
de las cárceles temen quedar desempleados.
El gobierno de Holanda, sin embargo, ha estado intentado
resolver la situación alquilando los espacios vacíos de sus presidios para
Bélgica y Noruega, de modo que cerca de 300 criminosos belgas puedan ser
transferidos para a Holanda y otros 240, de Noruega también.
Las autoridades del país acreditan que el índice
de criminalidad irá disminuir por lo menos a una tasa de 0,9% anualmente en los
próximos cinco años. La caída es atribuida al hecho de hoy tener una población
más vieja con menor posibilidad de cometer crímenes, y la caída acentuada en las
infracciones violentas que llevan a penas de prisión. Claro que hay excepciones,
como sucede en todo lugar, y como lo es aquí la formación de grupos o tribus
que actúan en Ámsterdam, pero los datos de la agencia de estadísticas criminales
de Holanda muestran una caída expresiva en los índices de violencia.
Eso me lleva a pensar que la autoridad es
necesaria para gobernar, para educar, para vivir en sociedad con pautas claras
y para ordenar la existencia. Con todo, el autoritarismo de gobernante es la
negación de la autoridad, es el camino al exceso, es el peligroso atajo que
nadie debería tomar, es el abuso, la arbitrariedad y el caldo de cultivo más
propicio para el más descarado culto a la personalidad… Algo que ocurre hoy día
en algunos países latinos… ¿Hasta cuándo?
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