No es difícil
notar como las palabras ruedan sueltas por las calles de la ciudad, y en medio
del camino van sufriendo accidentes iletrados, se estropean en medio a los
acasos del momento, se tiñen con los hábitos particulares y pronto se tuercen
de acuerdo con la pasión dominante.
En verdad, estas
palabras, más que mías son tuyas, las mismas que van trepando en mi dolor ya
viejo como si ellas fuesen una madreselva prendida a un muro de piedra
atrancado a cal y canto.
Quién sabe sea
también un canto de amor vital, triste, tierno y angustiado, pero a la vez
ardoroso y sereno en un crepúsculo lleno de tempestad en el corazón del verano.
Antes que tú
llegaras pobló la soledad de mi alma otros amores y otros ardores, y poco a
poco mi espíritu se fue acostumbrando más que tú a la tristeza y al desamor.
Sin embargo
hoy, con su llama deletérea, la luz de mi pasión te envuelve y abraza, absorta,
pálida, doliente y a su vez soñadora, luchando contra las mismas viejas aspas
de la anochecida que en torno de ti y de mí dan vueltas como los antiguos
molinos del Quijote.
Mientras el
viento triste del otoño galopa arrastrando las hojas muertas de los árboles yo
te amo, vida mía, y hoy mi alegría muerde en sueños tu boca de labios de
terciopelo.
Hundido en medio
a esa colosal realidad tangible y cotidiana que me abraza y duele, ángel de
sueño, te pareces mucho a mi alma, pero creo que te pareces más a la palabra
melancolía.
En mi mundo
circundante tú eres pradera en flor, eres trigo maduro, pájaros al vuelo en
primavera, fuego, viento, lluvia y ese ardor vital como miel de abejas de fuego
en mi pecho, o vino de uvas maduras en mis entrañas.
Más que
palabras, para mi corazón bastan tus besos, para tu libertad bastan mis alas de
sueño a conducirte al paraíso. Desde mi boca, más que palabras, llegará a tu
pecho y hasta el cielo lo que estaba dormido sobre tu alma.

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