No sé si con lo
que diré acertaré el martillo en el clavo, pero presupongo que solamente el
amor es el único sentir que posee ese poder místico y a su vez extático de unir
dos personas sin uno quitarle dignidad al otro, y por su vez no menoscabar el
propio narcisismo.
No es una
fórmula de las Ciencias Exactas, no obstante por el contenido de la receta de
para calcular que el amor es el notable proceder que no toma celosa posesión de
las personas. Sin embargo, es, probablemente, a su vez, ese cernidero de
emoción que por veces nos turba la única afectividad que puede lograr anteponer
la humanidad a la ideología o lo que más sea.
El mero
pensamiento de que el amor pueda ser una posibilidad real, es lo que brinda
esperanzas a la vida, ya que de otro modo ella estaría vacía y no tendríamos
como suministrar las energías infinitas necesarias para superar cualquier
adversidad.
En realidad,
todos aquellos que hemos tropezado un día en los desengaños y tenemos el
corazón ungido de espinas, sospechamos sin misericordia de aquellos que aman y
los ignoramos por considerarlos ingenuos e irrelevantes, sólo por el hecho de
suponer que ellos actúan en forma falsa.
Seguramente
han de ser esas decepciones lo que nos otorga la fingida seguridad de que nadie
puede tener pasiones verdaderas al punto de preocuparse realmente por otra
persona sin tener motivos adicionales.
Irremediablemente,
a través del lánguido y sempiterno paso del tiempo, he logrado finalmente comprender
cuán profundamente decepcionantes llegan a ser las expectativas no satisfechas,
y, por tanto, concluyo que el único consuelo que nos queda para evitar ese
desencanto inevitable, es que todos deberíamos tratar el amor como un deseo
irresistible de ser irresistiblemente deseado.

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