Los cuentos
suelen pasar de boca en boca, pero al ser repetidos una y otra vez, estos nunca
mantienen intacta su historia. Veremos que tal sale éste.
…Sin fallar siquiera
una vez que fuese, todos los meses Rosita iba al cementerio para depositar
flores en el túmulo de su fallecido marido. Claro que para ella, esas visitas no
eran una obligación, sino más bien una prueba del enorme respeto hacia su
memoria y el vivo cariño que siempre tuviera por él, ya que ellos se habían
dado tan bien en el relacionamiento conyugal.
“Mi marido, -repetía
incesantemente Rosita para todas sus conocidas, junto a una tierna sonrisa-, siempre
fue un hombre maravilloso. Él adivinaba mis pensamientos, hacía todos mis
gustos y deseos. Y si bien, a causa de su trabajo, seguidamente se veía
obligado a viajar permaneciendo por un día o dos lejos de casa, a la vuelta siempre
me traía un regalito. Incluso, hubo ocasiones en las cuales yo no sabía por
dónde andaba metido, pero él igual me telefoneaba, siempre apurado, pobre; tanto,
que ni me daba tiempo a preguntarle en qué lugar se encontraba”.
A causa de
esos lindos recuerdos, ella no podía dejar de prestarle su justa homenaje,
llevándole siempre un ramo de las flores que a él tanto le gustaban. Cierta vez
le habían mandado a casa un gran ramo con sus flores predilectas. Fuera un
amigo que le hiciera esa gentileza. Pero en ese momento él no quiso mostrarle el
origen de la tarjeta, que era por sí muy elogiosa, ya que eso de cierta forma a
él lo violentaba, pues no se hallaba merecedor de tantos elogios y loores.
Sin embargo,
una cosa Rosita extrañaba todos los días 15, que era justamente la fecha del
mes que comparecía al cementerio. Es que al fallecido le gustaba mucho esa
cifra. Decía que ese alguarismo le traía suerte.
El caso es que
cada vez que iba, Rosita encontraba en el túmulo un ramo con las mismas flores
que ella le llevaba, por lo que se preguntaba cómo podían durar tanto. Un mes
entero. ¿Será que mi marido, mismo muerto, tiene un poder extra natural para
que las flores no se marchiten?
Cierta vez
ella se animó, y le contó dicha ocurrencia al padre de la iglesia que
concurría, pero el sacerdote quedara medio estupefacto con el extraño relato y
ella nunca más lo mencionó. Decidió que no tocaría más en el asunto, porque
tampoco quería que la voz corriese entre los feligreses y luego estos la
tomasen por loca.
El caso es que
ella iba al camposanto a la tarde, hasta que un día resolvió ir por la mañana. Precisamente,
ese día, su cuñada estaba de aniversario y la celebración sería por la noche.
Hacía tanto que ya no cuidaba de su apariencia, que antes quería ir a la
peluquería, para arreglarse un poco, ya que comparecerían muchos conocidos y
ella no quería mostrarse abandonada.
Cual no fue su
sorpresa, entonces, que esa mañana, al llegar cerquita del túmulo del
fallecido, notó un grupo de personas, inclusive un par de chiquillos. Luego
pensó: “de seguro, estarán enterrando a alguien al lado del sepulcro de mi
marido”.
Pero, no, no
era. Aquella gente toda estaba de pie frente a la sepultura de su marido. A
pasos comedidos, Rosita fue acercándose, al punto que oyó a una señora de media
edad, indicar a los niños:
-Hínquense de
una vez, y recen por vuestro padre, que siempre fue muy bueno con ustedes.
Rosita les dio
la espalda, largó las flores en un cesto de basura y se marchó a pasos
decididos. ¡Nunca más volvió!

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