No sé qué decirle sobre todo esto, pero creo que siento
por usted un amor antiguo. Como si fuese un hoy que se inició hace muchos
ayeres, algo como una luna que nunca desaparece, como un viento en torbellino
que arrastra hojas iluminadas.
Temo hablarle, temo molestarle o incomodarle, pero
ya no sé más qué hacer con todo lo que siento. Aunque sin duda usted es la principal
y única razón para yo creer en la magia y hoy llevo su nombre gravado en mi
alma.
Confieso que, poco a poco, se ha ido introduciendo sigilosamente
en medio de mis pupilas, justamente allí, donde antes se escondía la oscuridad.
Donde tan sólo había quejumbre, tempestad, remolino en furia, y ha causado una
colisión, un choque y una sacada de lugar que no hace daño sino que provoca una
felicidad intensa.
Quién sabe usted aún no se ha dado cuenta, pero debo
decirle que se ha metido en medio de mi vida, despacio, paso a paso, y ha ido destruyendo
con su belleza todo lo que me hacía mal, los viejos dolores, los rancios rencores
de antiguos amores, y que los ha hecho huir, cobardes, de mi guarida oscura
dejando en su lugar nuevos huracanes de sueños y fuegos oblicuos.
Yo le permitiré que me llame como quiera si me
presta su rostro para ahuecar en él mis manos, pero si usted en sus palabras me
dice rosa, juro que tomaré su aliento a viento de primavera.
Todo lo ocupa usted en mi mente, y tal cual un girasol
que mira siempre en dirección al sol, hoy mis ojos sólo miran hacia usted, pues
se ha tornado el resplandor más brillante que he conocido sobre la tierra.
Si soy dueño de su corazón, un día, por primera vez
y para siempre, he de llevar en mis pies y en mi alma las memorias de nuestro
amor. Lo haré para no olvidar lo que es caminar junto a usted y para no perderme
jamás, y continuaré a andar de manos dadas por esas mismas calles donde
nosotros estuvimos juntos en sueños.

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