Ella imaginó
estar viviendo ese tipo de amor peregrino que sólo le sucede ciertamente a
alguien una vez en la vida. Era un sentimiento tan maravilloso, que cuando ella
miraba a esa otra persona se le sacudía el alma, y en el instante que él tomaba
sus manos entre las suyas todo lo demás perdía importancia y conciencia, al
punto que cuando la besaba sentía que quería quedarse allí, quietita, toda la
vida.
¿Todo eso por
qué? Acaso porque ella sobrevivía en la indiferencia y llenaba la soledad de su
vida con otras soledades que tenían por pretensión entretenerla a todo coste mientras
soñaba tratarse de un amor que le había dado un pellizco al alma.
Quizás ella
era como ese tipo exótico de flor de un día que habita en un retraimiento de
espantos diminutos, de expectativas inalcanzables, bajo un cielo sin galaxias y
sin estrellas, o tal vez en una calle sin esquinas, en un bosque sin arboledas,
en un jardín sin rosas ni malvones.
¿Quién se
anima a testificar o impugnar que ese afecto perenne que cultivaba, no decía
respecto a un sentimiento que tenía cuerpo pero efectivamente carecía de alma?
Los más
viejos dicen que, para suerte de ellos, todos los humanos llevamos guardado dentro
de nuestra cajita de emociones una cordura siempre vigilante, donde no son
pocas las veces que su suprema sabiduría nos mete a la fuerza dentro del corral
de la razón.
En efecto, la ceguera es una diversidad funcional de
tipo sensorial que consiste en la pérdida total o parcial del sentido, que tanto
puede ser de la vista como del espíritu o hasta en el corazón de un apasionado.
Y si acaso ese
tipo de ceguera ocurrir en el corazón del apasionado, bien sabemos que la vida no deja de ser un error, aunque sin duda alguna
más error es la muerte si no existe a quien amar.

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