Necesitamos
estar preparados para el día que caiga la cortina del último acto. Es imperioso
decirlo, y más aún reconocerlo. Infaliblemente, cuando esa umbrosa andanza nos
alcance, nada llevaremos para esa emigración eterna destinada hacia el más allá
de la vaporosa línea que separa el horizonte del reino celestial.
Todo
personaje mundanal anda descalzo por la vida en un mundo que pasa sin
interrupciones pero con prisa. Y mismo así, al partir, todos dejaremos detrás los
perdones que no pedimos, los amores que no vivimos, los sueños no realizados y nos
iremos con lo puesto.
Retóricamente,
en ese último viaje de la vida, cuando la noche inesperada nos atrape sin más y
nuestros párpados sucumban en la oscuridad, sólo habremos de llevar lo que
tenemos dentro, en el alma, en la mente y el espíritu.
Vivamos la
vida hoy, porque a partir de ese entonces ya no habrá una boca seductora a
reclamar besos imposibles, ojos que amen en silencio en cuanto miran
bobalicones, propuestas que quedaron ahogadas en el apocamiento de la integridad,
manos suaves que acaricien cuerpos ardientes o desalientos que fueron esperanza
un día y se marchitaron en el corazón como flor arrancada con prisa de su tallo.
Tampoco ha de existir una nueva oportunidad para entregar esas promesas de amor
que cierto día abortamos por causa de otros alborotos.
Luego de expeler
el último suspiro, inmóvil y tieso, el cartujo más taciturno ya no podrá
distinguir como su piel se convierte en pellejo hasta secarse y transmutar de
pronto en un ajeado pergamino. Ya de nada valdrán entonces las experiencias vividas
y sus demás minucias, y por acaso el recuerdo de nuestro nombre será como un
paisaje que llena el contorno de quienes aún no han partido.

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