Lo común es
convenir que tenemos tiempo para todo, mismo que por veces ese lapso de vida no
nos alcance para nada, aunque millones de artilugios ingeniosos inventados por
el hombre se dediquen a medir y estimar el tiempo con exactitud extremada.
Claro que el
tiempo es de por sí una dimensión física en la cual es posible medir la
duración o separación de los más diversos hechos y acontecimientos, sujetos a
cambios y variaciones, de los sistemas sujetos a observación. Lo que, dicho en mondas
palabras, no es más que un periodo que transcurre entre el estado del sistema
cuando éste presentaba un estado específico y el instante que fue fijado
registra una variación perceptible para quien lo observa.
Por su vez,
es ese espacio que llamamos de tiempo, el que nos permite ordenar los diversos sucesos
de la vida en secuencias, estableciendo para todo un pasado, un futuro y un
tercer conjunto de eventos que no son ni pasados ni futuros. Celosamente, en la
dinámica clásica se ha definido que esta tercera clase se llama “presente”, un
espacio de tiempo que estaría formado por eventos simultáneos.
En
contrario de lo inicial, también hay quienes piensan que el tiempo pasa
volando, por lo que deducimos que estos jamás han estado en un rincón de la naturaleza
donde el tiempo suele detenerse y el corazón paralizarse.
Sin
embargo, ese espacio específico que todos hemos pactado denominar “tiempo”, suele
ser todavía un lapsus calami variable en su conjugación, pues éste puede
resultar demasiado para el que espera, extenso para el que sufre, corto para el
que ríe y muy rápido para el que ama… Demasiado rápido, pienso yo, mismo que cada
corazón tenga sus propios vaivenes y agitaciones, que es como decir sus
pormenores.
En fin, el tiempo es como el viento, que empuja
y genera cambios para de pronto sentirnos prisioneros de una circunstancia que
no buscamos sino que nos buscó.

Nenhum comentário:
Postar um comentário