Cuando
alguien menciona a Santa Claus, San Nicolás, Viejito pascuero, Papá Noel, Father
Christmas, Père Noël, Babbo Natale, el Tió de Nadal, o cómo miércoles sea que lo
llamen en su pueblo, lo primero que a uno le llega a la cabeza es la imagen de
un individuo obeso, barbudo, sudoroso, fatigado pero siempre sonriente, que vive en las proximidades del Polo Norte junto a la gorda
Señora Claus -alias Noel o como sea- y una gran cantidad de “Duendes navideños”
que le ayudan en la fabricación de los juguetes y otros regalos que le piden
los niños a través de cartas; para, como por arte de magia, él salir en la noche
del 24 de diciembre andando en un trineo mágico volador, tirado por “renos navideños”, liderados
por Rodolfo (Rudolph); un reno
que ilumina el camino con su nariz roja, brillante y potente, que es seguido por media docena de otros cornudos renos con mirada bobalicona.
En
realidad, esa y todas las otras leyendas similares que nos hablan de éste
evento son tan viejas como la humedad, y de alguna manera los mayores se han
encargado de contarlas y repasarlas a los niños, y así sucesivamente esto viene
aconteciendo por décadas “per
saecula saeculorum”… Aunque a veces siempre se puede innovar.
Pues
bien, justamente eso último fue lo que sucedió cuando el místico Papá Noel se
adelantó algunas horas en Hong Kong el último miércoles, cuando un coche de
transporte de valores dejó caer, aparentemente sin percibirlo, billetes en el
valor de dos millones de dólares americanos, para la inmensa alegría de los
pedestres y conductores que pasaban por el lugar.
Por algunos
instantes la circulación en la calle de Gloucester, centro de la ex colonia
inglesa, fue paralizada, porque los conductores y pedestres que andaban por
allí se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo y corrieron para recoger los
dólares, antes de que ellos comenzasen, literalmente, a volar.
En total, fueron
perdidos 15,23 millones de dólares de Hong Kong, lo equivalente a 1,96 millón
de dólares americanos.
Conforme llegó
a narrar el comisario de policía Wan Siu-hung, el chofer del coche
transportador de valores no notó que durante la media hora que duró su trayecto,
la puerta trasera del vehículo no estaba bien cerrada… O fuera abierta por la
mano maga del gordo barbudo que anda siempre de rojo.
En
consecuencia, dos cajas de metal conteniendo dinero se cayeron a la calle y éstas
se abrieron, desparramando las cédulas.
Evidente que
la policía isleña llegó rápidamente al lugar, equipada con cascos de protección
y porras, para intentar recuperar el dinero perdido.
Por supuesto
que el conductor del camión de transporte de valores solamente percibió el
incidente al llegar a su destino.
Conforme alertó
un comunicado de la policía de Hong Kong que no cree en leyendas, avisó: “Todos
los que tengan encontrado dinero deben entregarlo para la policía lo cuanto
antes, o será considerado robo. La sanción penal para estos casos puede llegar
a diez años de prisión”.
Entre tanto,
al contrario de lo que el buen sentido prescribe, es exactamente en esos
momentos que el espectáculo agrada al odre, ya que es exactamente en ese punto
que la tragedia más noble se aproxima mucho más a la sátira más grotesca…
¡Leyendario!
(*) Visite el blog “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”, http://guillermobasanez.blogspot.com.br/...
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