Atentos,
que este cuento bien pudo no ser escrito, bien pudo no ser leído y nunca
acontecido.
…Mientras
Julián duerme y sueña sueños que no sabemos pero que bien podemos suponer sean
referentes o alusivos a la hija de algún buen vecino, un templado viento norte sigue
arrancando alargadas quejas y ruidos metálicos de los diversos techos y
galpones, mientras lechuzas gritan descomedidas, muge como en sueños alguna
vaca de por ahí, aúlla algún perro, mía un par de gatos en celo, y varias aves
de vuelo silencioso sobrevuelan los árboles y las casas del pueblo lo mismo que
brujas noctámbulas.
A esas
horas la luna sube y sube en un cielo solo para ella. Y estando muy alta ya,
muy arriba, muy solitaria y dueña de sí, golpes en la puerta del cuarto
despertaron a Julián que pernoctaba tranquilo en el recinto.
Estiró el
brazo con la intención somera de encender la veladora, intrigado, y oyó que se repetían
los golpes, ahora quizás sonando más perentorios esta vez. Buscó vestirse rápidamente,
mientras nuevos golpes, siempre sonando un poco asordinados, se impacientaban
en cuanto él iba de camino hacia la puerta. Una repentina corazonada le dijo
que quien llamaba era la agradable Gabriela, hija menor de un mayoral del
lugar. Cuando finalmente abrió la puerta la encontró quieta y serísima, aunque
audiblemente jadeante.
En ese
momento ella no vestía las negras ropas talares de horas antes, sino un manto
claro y liviano que apenas le llegaba a las rodillas. Determinada, Gabriela
hizo gesto de entrar, y Julián le cedió el paso. Estaba descalza, y entró con
los ojos bajos dejando escapar apenas un gruñido que sonó sordo, casi agresivo,
aunque también ansioso.
Luego, sin
levantar los ojos del suelo, elevó y bajó desordenadamente los brazos, varias
veces, en una especie de aleteo breve y torpe, como mala parodia de un intento
de vuelo. Al instante Julián percibió que debajo del manto estaba desnuda y se
apresuró a cerrar la puerta. Gabriela lo miró como si fuera a atacarlo y él dejó
algo sobre el frio mármol de la cómoda y la tomó de los antebrazos.
Ella no era
virgen, si es que ese detalle importa en esta historia, y por tanto supo
disponer su cuerpo bajo el cuerpo del hombre; supo, borrascosa y muda, ahogar
sus gemidos e imponer ritmos para adecuarse a los ritmos de Julián; supo
obtener también, en un comercio consigo misma, dos profundos, casi
desconsolados orgasmos, que él hizo cuestión de seguir paso a paso en la
respiración, en el forcejeo y los naufragios graduales del aire en la garganta.
Varias veces intentó besarla pero ella rehuyó la boca.
Simultáneamente
con la segunda quiebra o el segundo desmayo de un estertor hacia adentro,
Julián desistió de contenerse. Y aunque todos hemos sentido que después de una
cúpula pareja sobreviene como una ola en reflujo que parece arrastrar por un
momento los dos cuerpos hacia una paz sometida y compartida, de sangres
hermanadas, aquí nada de ello sucedió, porque Gabriela se escurrió del brazo de
Julián y saltó de la cama.
Rápidamente
recogió del suelo su manto y se cubrió para enseguida enfrentarse al espejo. La
luz de la veladora iluminaba desde abajo y le superponía en el rostro sombras
que le mentían una máscara. Julián, sentado en la cama y todavía ganoso, la
miraba de espaldas y, por el reflejo del espejo, veía aquel rostro más extraño
que nunca y el canal de los senos naciendo en la boca del manto.
Notó, con
cierto pasmo, que ella empezaba a hacer muecas y contorsiones, como si buscara
quién sabe qué cosas en sus rasgos deformados por las sombras, y después realizó
francas morisquetas, como si con ellas se burlara de sí misma. Abandonó la cama
y fue a asirla de nuevo, pero ella alcanzó a ver su movimiento por el espejo y,
sin volver la cabeza, abrió la puerta y huyó sobre el silencio de sus pies
descalzos.
Julián
quedó parado en el hueco de la puerta, vacilando, enfrentado a todo el tamaño
de la noche, que ahora ya ni miró. Luego a seguir, mecánicamente, cerró la
puerta, se aproximó de la veladora, se acostó y apagó la luz. La cama olía a
mujer. No le fue fácil volver a dormirse.
Mientras
Julián duerme y sueña sueños que no sabemos ni sabremos jamás, cae la luna y
cae el cielo que envejece, que va luego como vidriándose, hasta que finalmente
el alba comienza a levantar sus párpados sobre los tejados aun húmedos de
rocío.
Ya hay
mucha luz naciente y se notan dos chimeneas echando humo desde alguna casa,
cuando nuevos golpes en la puerta despertaron a Julián que dormía. No necesitó
encender la veladora porque vio en los postigos mal cerrados de la ventana que
había amanecido o a ojos vista estaba amaneciendo. Se levantó raudo y abrió del
todo los postigos; una suficiente luz grisácea entró a través de los vidrios,
al tiempo en que los golpes se repetían mientras él comenzaba a vestirse.
Sin llegar
a imaginar quien podía ser, recordó la visita de Gabriela y se sonrió, tal vez
por causa de un sórdido orgullo masculino. Velozmente memorizó, revivió casi,
detalles de esa visita, y se dijo que no podía ni debía contar a nadie, jamás,
aquello un mucho increíble que le había acontecido. Otra vez golpes, muy
enérgicos ahora. Todavía vistiéndose, abrió la puerta y descubrió que quien
estaba de pie frente a él era Gabriela.
No vestía
el manto claro con que había llegado a eso de medianoche sino el casi-hábito
religioso del día anterior. Tenía asimismo, si bien menos extraviados o libres,
los ojos duros con que había entrado esa noche. Si bien nada podía hacer pensar
en una sonrisa por más leve que fuese, la boca entreabierta y húmeda mostraba
ahora, apenas, blancura de dientes.
Hombre y
mujer se miraron un instante y luego ella avanzó. Él se hizo a un lado para
dejarla pasar. Ella entró hasta casi enfrentar la ventana y giró sobre sí
misma. Julián vio entonces en la mano de la mujer el brillo de un revólver
cargado con cinco balas en el tambor. Intentó un manotazo para quitárselo, pero
ella saltó a un lado y, rápidamente, hizo fuego.
Los primero
y casi simultáneos balazos abatieron herido de muerte a Julián; los otros tres,
más espaciados, fueron un ensañamiento o por lo menos un exceso, así como
también fueron ensañamiento o exceso, sin duda alguna, las inexplicables
mordeduras que el médico forense encontró en el cuello y el pecho del cadáver.

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