No hay
instante en que no sueñe con zambullirme en tus brazos, como mar, para, leve
como barca de papel, me lleves calmamente en tus mansas olas de dulces besos,
hasta las blancas arenas de una isla de ilusión.
Hoy no soy
más que un náufrago del amor a deriva por este anchuroso océano de la vida,
lejos de un puerto seguro donde poder acrisolar mi vagante nao.
Soy alma
desamparada y mustia que clama, en gritos ahogados, por las caricias y los
besos de una niña mujer que me acoja de vez en el seguro refugio de su corazón.
Ansioso y
famélico de besos y ternuras, ando vagando claudicante al margen del horizonte
de la existencia, temiendo morirme pronto de inanición de amor.
Desencantado,
de sol a sol advierto, niña de mis dulces quimeras, que estoy sin fuerzas para
mudar la dirección en que el viento sopla, aunque estoy seguro que a cualquier
momento, obedeciendo a tu voz, podré ajustar las velas de mi desvencijado bajel
para juntos alcanzar el destino de nuestras almas.
¡Ten pena
de mí, niña! Abrázame, bésame y quiéreme ya con todo tu espíritu y todo tu ser.
Salva, con tu gesto piadoso, de la muerte segura a éste desamparado del amor.
¡Ábreme las
puertas de Edén! Acógeme en tus brazos y apártame de las tinieblas profanas en
las que me encuentro perdido. Muéstrame con prisa todo el albor que el amor
produce. Cíñeme ya con tus abrazos de amor y a todo lo ceñiremos después en un
único abrazo.
No
consientas que mi prematura muerte a causa de la abstinencia de tus besos, se
convierta mañana en un pesado fardo de tu conciencia.
Sálvame ya
de mi martirio mundano, y partamos juntos cuanto antes hacia el paraíso
terrenal.

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