Surgió nada
más que de repente como surge siempre la noche sin estrellas en el ocaso de una
vida, como luna que desenreda el viento sobre las aguas errantes, y a cabestrillo
traía una mirada dulce y serena, aunque se me ocurrió pensar que tal vez ella estuviese
luchando mil batallas por dentro, pero mostrando mil sonrisas por fuera.
Ciertamente,
una persona que realmente conoce nuestro sentir, es alguien que ve el dolor acrisolado
en nuestros ojos mientras los demás creen que sonríes. Por eso mis ojos entraron
a jugar divertidos a mirarla como juega el suave viento con los pétalos de la
rosa, porque todos en este mundo, sin excepción, necesitamos a alguien que nos
mire como si fuéramos lo más bonito que han visto sus ojos.
En
ocasiones uno no necesita a alguien que nos levante del suelo, sino a alguien
que se acueste a nuestro lado hasta que nos sea posible levantar y domar
nuestra alma solitaria y salvaje.
A partir de
ese día, tal cual pájaro de plata que vuela en el ocaso, más que besarla, más
que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso
era amor, y entonces lo llamamos pasión.
Decidí
quedarme con ella, porque ella era no era como las demás. No había esa necesidad
de mirar a otra mujer, ni de buscar a nadie más, porque, verdad sea dicha, las
otras tienen esa belleza de minuto, esa que dura un tiempo y nada más. Fue así
que mis palabras llovieron sobre ella, porque me había dado cuenta que ella
tenía ese tipo de belleza que dura de por vida.
Oh,
damisela de la noche gris, eres, fuiste y seguirás siendo lo mejor que me pudo
haber pasado en la vida.
No lo
ignoro ni lo escondo. He decidido escogerte de por vida para hacer contigo lo
que la primavera hace con los cerezos.

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