Llegó repentinamente
a mi sueño despojada de todo pudor en medio de la niebla de la madrugada, para
susurrar suplicante a mi oído: ¡Ámame!... ¡Haz de mí tu mujer!
Postrado e indefenso
frente a mi hada de la noche, mis dedos torpes se entrelazaron en sus cabellos
y mis labios se unieron a sus labios en un largo beso sediento y ambicioso,
mientras tanto mi mano palpitante se entregaba mil veces a recorrer lentamente
su cuerpo de la cabeza a los pies.
Así, en
medio a incalculables cariños, la fui acariciando suavemente con dedos perdidos
sobre una piel dócil y perfumada como quien toca de leve los pétalos de una
rosa.
Mi boca
recorrió entonces su espalda, despacio, lenta, sin prisa, sin prontitud alguna
que me impidiese dejar cada milímetro de su piel sin besar. Miles de besos y
caricias cubrieron su cuerpo como si se tratase del regio manto de una soberana
a cubrir su hechura femenina y grácil.
Mis zafios labios
anhelantes llegaron entonces hasta su cintura, su vientre, y en los
encaracolados bellos de su pubis mi boca sedienta se perdió en otros labios
húmedos y deseosos para arrancarle gemidos y suspiros incontenidos.
Luego mis labios
alcanzaron sus tiernos pechos, y en dos pequeños y tiesos botones de rosa encarnada
se solazaron pausados hasta lograr aplacar mi sed, sorbiendo de ellos el néctar
de la vida que alimenta y nutre.
Iracundamente,
nuestros cuerpos se agitaron entre mil piruetas cuando su sexo y mi sexo se
convirtieron en un sólo objeto falto y exhausto de pasión y afecto. Perdidos
entre infinitos corcoveos desenfrenados, nuestros susurros dieron lugar a
perenes gemidos y a esos clamores de euforia que causa un acto de amor.
De repente ella
arqueó la espalda y el volcán de la vida explotó dentro de sí, cuando la lava
caliente roció sus entrañas hasta tocar su alma, dejándonos desmayados y
perdidos entre un abrazo... La
enajenación matutina nos encontró de manos entrelazadas, abrazados en un único
cuerpo oscilante y vibrante en cuanto nos entregábamos involuntarios al
regocijo.
Cuando el
crepúsculo mañanero corrió de vez el velo de la noche, al abrir mis ojos noté
con pesar que la luz del día disipara de mis brazos la dulce maga de mis
sueños…

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