Bendito ha sido el día que llegasteis a mi vida, mistura etérea de mujer
ninfa y deidad divina que todo lo tocas y conviertes en pasión inaudita.
Bendito ha sido el momento en que transfigurasteis este harapo humano, y
con gracia sutil derretisteis las nieves que cubrían mi corazón tan sólo con tu
febril mirada y tu risa resbalada.
Bienaventurado fue aquel día que mis labios de amarga hiel probaron la
dulzura de esos labios con sabor a miel y cereza madura que enarcan tu agraciado
rostro.
Eres el sol de mi vida en el alba que me desquicia, astro que iluminas
mi lacia alma marchita con rayitos de ternura que nutren mi espíritu antes
callado y triste.
Claudicante de amor, te buscaré hoy mañana y siempre dentro de la
explanada de mi alma revigorada, olfateando el crepúsculo en busca de tu
corazón caliente, para anidar allí sin inculpar por nada a mi corazón maltrecho y ajado que ha estado por largo
tiempo cercado por derribo…
¡Oh! ¡Bendita seas, mujer!

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