Me encanta ver esa languidez que siempre se dibuja en tu rostro
cuando la presumida ráfaga del viento traicionero insiste en enredarse en las
madejas de tu pelo, y retoza en él como un niño que travesea en la calesita.
Con esos gestos de diosa encabruñada robas mi mirada,
arrancas de mis ojos contemplaciones de arrobo, sustraes el aire que respiro en
tu cercanía, dándome la impresión de que juegas con la luz del universo al
quitarme el brillo del sol de la mañana.
Quiero continuar a recordarte cuando aún no existías en
mi vida, cuando tú solamente eras sueños y utopías que me desvelaban por las
noches mientras te soñaba como racimo de uvas maduras entre mis manos.
Quizás a nada de lo que ahora digo te pareces hoy y sin
embargo lo eres todo a la vez, mujer de mi vida. Recuerda que antes de ti, yo era
como una barca vieja hundida en la burda ribera de un río en remolino, un intruso
errabundo sin destino en una soledad acribillada de sueño y silencio, que a su
vez se sentía acorralado entre el mar y la tristeza, como alas rotas de gaviota
que se va muriendo de pena al no poder volar.
Triste ternura fue la mía entonces, cuando ya vencido anduve
errante por las calles con el corazón congelado y fracturado entre melancolías a
tocar el vértice atrevido y frio de mis sentimiento, tal cual un viejo laúd al
que se le revientan las cuerdas.
Hoy me siento orgulloso de ti, locura que mi
espíritu exalta, embriaguez divina que sólo puede surgir del genio creador,
porque durante los instantes que estás a mi lado dejo ya de acusarme por todo
lo que un día fui, y porque junto a mí eres el aire que de tu regazo emana
perfumes y armonías de la fuente de la vida, y porque con tu magia conviertes
mi mundo en primavera.

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