Unos ya nacen sin necesidad de poner mucha voluntad
por ameritar toda la fama que por casualidad en vida les toca. Otros, no
obstante, sobre seguro se merecen otros bemoles no tan misericordiosos que se
diga.
Es que siempre existirá un precio a desembolsar cuando un
determinado individuo elije ser es un célibe mujeriego. Tarde o temprano las
mujeres empezarán por abrumarle la vida, momento en que se cansará de las
chicas, semidiosas de cuentos de hadas, semiluciérnagas de la noche, y cierto
día la cortina caerá y se pondrá romántico y tonto, minuto en que empezará la búsqueda
por alguien a quién se ligó fuertemente en el pasado. Mejor dicho, por un tipo
de mujer que con sus armas nunca podría competir con la emoción de sus
encuentros fugaces. Desde ese día en más, a medida que pase el tiempo, el
individuo irá de asombro en asombro, de estupor en estupor, al hallar que las
nadas de sus ayeres rebosan de toda insignificancia.
En estos casos, cuando el estupor nos invade el alma, es
porque ya andamos cerquita de la orilla de la vida, junto del final de la
existencia o, como quien dice, en busca de la sepultura que paciente nos
espera, para adentrarnos luego en un nuevo e insólito mundo que en un cerrar de
ojos se convierte en nada, aunque, eso sí, dentro de sus murallas es posible
escuchar voces de rostros que son máscaras.
Por eso que en este mundo nuestro, todos andamos en
estado de alerta cuando llega el atardecer, momento en que se cierran los
párpados, que, como pesadas cortinas de un bufo escenario, nos deja solísimos,
pensando en lo que fuimos pero sobre todo en lo que no fuimos, hasta que nos
abrace el sueño.
Sin embargo, percibo que
no debemos rendirnos, ya que la vida es justamente eso, continuar el
viaje, perseguir los sueños, destrabar como sea el tiempo, correr los
escombros para finalmente destapar el cielo.

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