De pronto uno tiene la firme intención de alejase
de las imágenes queridas, pero me he dado cuenta que justamente en una de estas
tu has quedado prendida, frágil, en la línea tenue del horizonte añil.
Te quiero, es verdad. Por veces lejos y fuera de mi
vida y de mis pensamientos. Otras veces, inclusive, quisiera no quererte, pero
aquí estoy. Y aun te quiero.
He percibido que este mundo en que vivimos, no pasa
de una vitrina gigantesca en la cual lucen opacas ausencias imborrables, gran
parte de los hechos acontecidos y tal vez por acontecer, tendencias, ilusiones,
pronósticos, un plagio de dioses de barro y de papel, de semidioses que no lo
son ni nunca serán, toda especie de nostalgia, corazones ajenos, unos enteros otros
en añicos, y, en una de sus esquinas, un remanente de consternaciones de la
comedia humana.
No han sido escasas las veces que me entregué a
mirar todas esas minucias allí expuestas bajo mil luces coloridas, y puede que
las haya advertido en un estado infrecuente, pero eso sí, sin llegar a
reconocerlas como mías y tuyas.
Las he observado con detenimiento y examinado con
la misma precisión de un joyero, cuando finalmente advertí que muchas son parte
integrante de nuestra desolación. Son esas ínfimas cosas que he ido acumulado
desde el tiempo de nuestros besos queridos y que hoy llevo guardadas en mi
archivo memorioso, cuando ya no sé más si las debo confinar en el cielo o en la
basura.
De pie frente a esa vitrina de ilusión perdida, me
quedo pensando en lo que fuimos, pero sobre todo en lo que no fuimos ni pudimos
ser cuando el sueño nos abrazó en la noche de las tinieblas, en cuanto el
presente vibraba como un juego de niños practicado por adultos.
Hoy he dejado de pensar en muchas cosas, pero eso
sí, ojalá tu sigas pensando en mí.

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