¡Dime la verdad! Suele ser la expresión que utilizamos en cuanto aguardamos
por una confesión creíble.
Sin embargo, con ese clamor olvidamos que la verdad no es más que un
concepto abstracto de difícil definición, muchísimo más si éste incumbe al
ámbito del amor, visto que el enunciado se encajaría mejor en lo que se atiene
a las sapiencias exactas.
Informalmente, el término verdad se usa para significar la
coincidencia entre una afirmación y los hechos, o tal vez a la realidad a la
que dicha afirmación se refiere, y aún a la fidelidad a una idea. A
bien verdad, este término se usa en un sentido técnico en diversos campos como
la ciencia, la lógica, las matemáticas o la filosofía.
Tampoco se puede negar que el uso de la palabra abarca asimismo la
honestidad, la buena fe y la sinceridad humana en general. Como igualmente se
usa en el acuerdo de los conocimientos con las cosas que afirmamos como si
estas fueran una realidad dada por cierta: los hechos o las cosas en
particular; o la relación de los hechos o las cosas en su totalidad en la
constitución del Todo, del Universo.
Sin embargo, lo que se percibe, es que en relación al amor y la verdad
del sentimiento estamos lejos.
No digo que el amor no lo sea, pero las cosas sólo son verdaderas cuando
son “fiables”, y entonces sólo son fieles porque cumplen lo que ofrecen. Por
tanto, el término no tiene una única definición en la que estén de acuerdo la
mayoría de los estudiosos, por lo que las teorías sobre la verdad
continúan siendo ampliamente debatidas.
El sentimiento del amor es muy enclenque, porque en ese sentido, la
verdad supone la concordancia entre aquello que afirmamos con lo que se sabe,
se siente o se piensa o imaginamos sentir. De allí surge que el concepto de
verdad también abarque valores como la honestidad, la sinceridad y la
franqueza.
La emoción causada por el amor es diferente, tenue y hasta pasajera si
se quiere, ya que por otro lado, como verdad se denomina todo aquel juicio o
preposición que no puede ser refutado racionalmente, cosa opuesta al estado
intrínseco del amor. En esta acepción, la verdad tiene un sentido antípoda a la
falsedad, a la mentira.
Pero con el término “verdad” podemos referirnos a una realidad o a una
preposición, y así hablamos de una verdad ontológica, de la realidad, del ser;
o de una verdad lógica, del conocimiento, de la proposición mediante la que se
expresa un juicio cualquiera. En el primero de los casos se incluiría el amor,
ya que con esta afirmación decimos que lo que sentimos es verdad, o verdadero,
para indicar que nuestro sentimiento no se trata de una ilusión o delirio, de
una apariencia, siendo entonces la verdad idéntica a la realidad a lo que las
cosas son.
Ahora, cuanto al segundo caso, a la verdad lógica, ahí consideramos que
la “verdad” es en sí una propiedad del enunciado, de la proposición, no de la
realidad, del objeto, y por eso creemos que la verdad consiste en la adecuación
o correspondencia de la proposición con aquello a lo que se refiere, con los
hechos, con las cosa en sí. Es por eso que afirmamos que si tal correspondencia
con lo que nosotros sentimos en relación a lo que el otro ser apasionado siente
no se da, su proposición o sentimiento es falso.
Lo que resta entonces, es que en el apego del amor, la concepción de la
verdad, o si el sentimiento es verdadero, habría que despojarlo de todos los
sentimientos metafísicos y acreditar que la palabra es una teoría semántica de
la verdad.

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