Han de existir, por supuesto que sí, aunque no sea nada
fácil ser un santo en este equívoco mundo en que vivimos.
Pero incluso sin haberlos visto una única vez en carne y
hueso ni haber escuchado sus santas palabras ecuménicas, nos basta con ver las
innumerables imágenes de madera, piedra y mármol que están expuestas en altares
de aquí y allí para que los adoremos.
Es más, algunos de ellos son de barro, con coronilla y
todo, lógicamente, que es justificadamente para hacer santo honor al fango de
la albardilla de donde surgieron.
Todos, sin excepción, fueron seres bienaventurados que
hicieron que sus piadosas palabras y su voz coincidieran con la esperanza de
quien de lejos o cerca los miró y aguzó el oído, cuando entonces vieron que
tanto las maravillas y las impurezas se ahogaban repentinamente en el olvido y
lo normal se convirtió en milagro. Por ende, luego de su muerte los convirtieron
en estatua.
Pero no me refiero exactamente a estos, pues intuyo que
más santo ha de ser el necesitado humano que ama y no es correspondido. Que si
bien sus rezos y rogativas son un tanto diferentes al pragmático modelo
eclesiástico, por otro lado no podemos dejar de dar razón a sus apostólicas
argumentaciones de amor, las que hilan y rehílan una y otra vez, sentimentales
y afables, en un oído sordo.
La concepción del amor y la introspección del lenguaje
del apasionado surgen, como en un pase de mágica, de una bolsa de ideas que él
tiene escondida en su corazón. Quien un día ya vivió febril de amor, sabe muy
bien que esos actos y ruegos responden a una complicada filosofía de sentimientos
que no tiene reglas ni se ajusta a criterios de la ley mayor. Es pura pasión.
Con todo, peripatéticamente, éste ya no se tornará un
santo hombre ni un día ganará silla en el reino celestial, si en esos acasos de
la vida convierte su ilusión en realidad, ya que tendremos entonces un santo
viviendo su propio infierno… ¡Ah, el amor, el amor!

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