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domingo, 20 de julho de 2014

Seguro que No Fue un Aniversario Feliz


El último sábado 28 de junio, mientras el mundo se distraía con los encuentros del Mundial de futbol, se cumplía un siglo exacto del asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del Imperio austrohúngaro. Un atentado que desencadenó la Primera Guerra Mundial en 1914… Una guerra iniciada en Europa y extendida después a otros continentes con un saldo de unos 10 millones de muertos.

Cuando ésta finalizó cuatro años después, el mapa mundial, la relación de fuerzas entre las grandes naciones y hasta las ideas dominantes en la cultura de comienzos del siglo XX, resultaron modificadas de manera dramática.

Recordemos que entre las causas del conflicto resalta la rivalidad entre las potencias, los nacionalismos étnicos, la carrera armamentista, además de las ambiciones territoriales. Precisamente, la chispa que provocó el incendio fue la expansión del Imperio austrohúngaro hacia los Balcanes con la anexión de Bosnia-Herzegovina en 1908. No en tanto, para resistir la anexión, los serbios crearon un movimiento político con una rama terrorista llamada “Mano Negra” de la cual saldría el autor del magnicidio, el estudiante serbio auto declarado anarquista radical, Gavril Princip.

Su víctima, el archiduque, era sobrino y heredero del emperador Francisco José quien, tras el atentado, lanzó un ultimátum a los serbios. A partir de ese momento una inexorable cadena de hechos terminó por generalizar la guerra. El Imperio, respaldado por la poderosa Alemania, declaró la guerra a Serbia; Rusia apoyó a Serbia y entró en guerra con Alemania y el Imperio; Alemania atacó a Francia, aliada de Rusia; y Gran Bretaña se alió con Francia y Rusia… Otras tantas potencias se quedaron en el molde.

En todo caso, los dados estaban echados mientras el mundo asistía entre perplejo y consternado a los prolegómenos de una conflagración de un tamaño sin precedentes en la historia del género humano. La mayoría de los historiadores señalan como principal responsable de la guerra a Alemania, por entonces la nación más poblada e industrializada de Europa, poseída por un militarismo rampante conducido por el káiser Guillermo II, un líder ansioso por conquistar nuevas colonias y en afirmar el liderazgo germano. De todos modos, una conflagración de tal magnitud debió contar con numerosos responsables, hombres estos que en la hora decisiva desecharon los medios pacíficos y optaron por las armas.

Sin embargo, en 1918, al terminar lo que se dio en llamar la “Gran Guerra”, el mundo ya no era el mismo. El Imperio austrohúngaro dejó de existir al igual que el Otomano. Los bolcheviques pasaron a ser los nuevos amos de una Rusia que pronto engulló a otras naciones. Alemania cedió territorios y su poderío quedó seriamente menguado por la devastación y las condiciones impuestas por los ganadores. Europa, desolada y empobrecida, perdió gravitación en la escena global, en tanto se perfilaban dos nuevas potencias no europeas, Estados Unidos y Japón, que en mayor o menor medida participaron en la contienda.

En la memoria colectiva quedó la imagen de aquella interminable guerra de trincheras, con sus millones de soldados hundidos en el lodo hasta el pescuezo y en donde medios de combate más modernos como el avión y el submarino se alternaron con la caballería, el uso del gas mostaza y las cargas a bayoneta calada. Una imagen tenebrosa que, pese a todo, no aventó para siempre el belicismo de algunos de los contendores que poco más de una veintena de años después desataron un segundo y encarnizado conflicto, síntoma de que los esfuerzos por inculcar los ideales de paz habían sido inútiles.

Por supuesto que la Primera Guerra Mundial con su secuela de destrozos materiales y la pérdida de generaciones enteras de hombres caídos o heridos en el campo de batalla clausuró una era feliz, la “Belle Époque” europea, en donde los avances de la ciencia y la cultura en todos los planos parecían haber alejado definitivamente el fantasma de la lucha armada.

La idea de que la civilización había retrocedido desde el asesinato en Sarajevo con la consiguiente pérdida de fe en un porvenir común, abrió paso a nuevas concepciones del mundo y de la vida así como ideologías intolerantes y totalitarias como el fascismo y el comunismo. Fue así, que a partir de 1939, otro descomunal sacrificio humano se consumaría también como consecuencia de muchas de las heridas abiertas y no cicatrizadas de la “Gran Guerra”.

Es creencia común de los historiadores, que el 28 de junio de 1914, en Sarajevo, murió uno de los pocos gobernantes realmente pacifistas de aquel tiempo, como lo era el asesinado archiduque Francisco Fernando. Triste paradoja de un episodio que marcó de manera indeleble la historia del siglo XX.

(*) Si le parece, de una vueltita por http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”, un blog con algunas imágenes instantáneas del cotidiano. Mis libros están en el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante ...

domingo, 11 de maio de 2014

El Tropiezo no fue del Cartero


Puede que cualquier crédulo se anticipe y ya quiera echarle las culpas a la empresa responsable por el servicio postal por causa de su deplorable servicio, o quizás a las malas ganas de un malintencionado cartero que por motivo incierto atrasó su trabajo, o quizás porque éste se sentía afectado en sus funciones. Claro que nada de esas apresuradas suposiciones son correctas, pero lo cierto es que el sobrecito que contenía una carta que fuera escrita por un marinero británico en 1916 durante la “Primera Guerra Mundial”, la cual era dirigida a sus queridos padres, al fin ha llegado intacta a manos de su nieta casi un siglo después, conforme lo ha informado la biblioteca de las islas Orcadas (al norte de Escocia).

Resulta que el marinero David John Phillips, apodado “Dai” el cual trabajaba reparando un barco en las mencionadas islas al norte de Escocia durante la contienda bélica (1914-1918), era el autor de la misiva que intentó enviar a sus amados padres que vivían en Gales y que firmó como “vuestro chico de la chaqueta azul”… Palabras que demuestran el lado poético de este menudo lobo de mar.

Sin embargo, todo este asunto principia cuando la referida carta apareció por de pronto detrás de una chimenea en una casa de esas islas en 1980, y hace un año llegó a la biblioteca de la ciudad escocesa.

Con el propósito de descubrir su olvidadizo autor, o quizás queriendo recuperar su arañada imagen como institución al servicio de la comunidad, los funcionarios de la biblioteca decidieron colgar una fotografía de la carta en su blog. Un curioso pariente lejano de origen canadiense, vinculado con la familia de Phillips y que estaba interesado en conocer sus raíces genealógicas, fue quien la descubrió en el blog y la relacionó con la nieta del marinero.

Pues bien, el asunto es que este indagador emparentado de la nieta del nauta Phillips, entró luego en contacto con ella, la cual, unas vez enterada, declaró abismada: “Él me llamó hace una semana más o menos y me dijo: creo que deberías ponerte en contacto con el archivo de la biblioteca de las islas Orcadas, porque he visto un post en su blog y estoy seguro de que va sobre tu abuelo”.

“Cuando yo vi la foto, supe al momento que era de mi abuelo. Reconocí el nombre y la dirección en la fotografía de la carta… Fue una mezcla de gran emoción, sorpresa e incredulidad”, alcanzó a explicar la nieta al revelar sus sentimientos.

Evidente que para rechazar los impertinentes y erróneos pensamientos de la chusma que emitió su opinión antes de saber los verdaderos por qué, la biblioteca buscó aclarar la situación y expuso su dictamen diciendo que la carta apareció detrás de una chimenea en la antigua casa del marinero y su esposa, por lo que se cree que este joven lobo del mar debió apoyarla en la repisa -sellada y cerrada, a la espera de que alguien la echara al correo-, pero el sobre se cayó sin que nadie lo percibiera.

En fin, resumiendo la cuestión, sino el contenido de este post se hace largo como esperanza de pobre, resulta que en la demorada carta, Phillips se dirigía a su familia, que por entonces vivía en Gales, y les pedía que se acordaran de él… Algo que realmente estos deben de haber hecho, pero con evocaciones no tan cordiales así como él deseaba, ya que las menciones de sus padres deberían referirse más bien al olvido, la indiferencia y la ingratitud de este hijo de… abandonados padres. 

Pese a todo, Phillips se casó en 1919 luego después de terminada la guerra, y se instaló en las islas Orcadas con su esposa, hasta que ambos se trasladaron años después a Llanelli (al oeste de Gales), donde se dedicaron a regentar un establecimiento de ultramarinos y tuvieron dos hijos.

Escrito esto, sé que muchos me han entendido bien, pero ciertamente, como suele ocurrir en determinados casos, y admitiendo una posibilidad que no es absurda, sé que no lo han entendido todo. Empero, esto no es motivo de sorpresa para mí, ya que la regla ha sido siempre ésa. No olvidemos que estamos en el terreno de los hechos, donde teorías que no estén al servicio de los mismos no cuentan para nada… ¡Bucólico asunto!     

(*) Si desea seguir la misma línea y enfoque de este Blog, dese una vueltita por “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”, un blog que contiene apenas instantáneas del cotidiano. Disfrútelo visitando http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ y pase por mis libros en el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante ... ¡Olvidadizo asunto!

sábado, 15 de fevereiro de 2014

Ya Vamos con un Siglo de Retraso


Si nos ponemos a un poco a pensar, luego recordaremos que en 2014 se cumplen los cien años de un gran estallido, el de la guerra europea de 1914, por de pronto conocida como Primera Guerra Mundial. Por esa época, las relaciones entre los países europeos ya venían caldeadas, pero la chispa que encendió ese cataclismo fue el asesinato en Sarajevo del archiduque Franz Ferdinand, el heredero del trono de Austria-Hungría, y el cual fuera cometido por un terrorista serbio, lo que terminó por desencadenar la formación de dos bandos. Por un lado estaban lo que se conoció como imperios centrales (alemanes, austríacos, otomanos) y por el otro el grupo aliado que integraron Francia, Gran Bretaña, Italia, Rusia y más tarde Estados Unidos.

En un primer momento nadie fue capaz de prever la magnitud que asumiría ese conflicto que duró cuatro años y que devoró decenas de millones de vidas de jóvenes combatientes, modificó fronteras -a veces con resultados catastróficos-, liquidó casi todos los esplendores de la Belle Epoque, derrocó a las mayores monarquías de Europa continental, demolió algunos de los edificios históricos más prestigiosos, -como el Mercado de Paños de Ypres-, golpeó gravemente a otros, -como la maravillosa catedral gótica de Rouen-, e inauguró el uso militar de ciertas armas modernas, como la aviación o los tanques blindados.

Al comienzo, la guerra de 1914 tuvo desplazamientos de enormes ejércitos, tanto en el frente oriental, donde Hindenburg frenó a los rusos en Tannenberg, como en el occidental, donde los alemanes llegaron en el Marne a combatir tan cerca de París, que los taxis de la capital servían como ambulancias para evacuar a los heridos del frente.

Pero después se estancó en la llamada guerra de trincheras, cavadas sobre suelo francés, donde se libraron batallas en que sucumbió más de un millón de soldados, como las del Somme o la de Verdun. Aquel conflicto, en el que no tomaron parte las potencias asiáticas y en que la fuerza expedicionaria norteamericana fue decisiva para la victoria aliada, permitió tener idea de la monstruosa magnitud que podía asumir un choque bélico con un moderno instrumental, como el colosal cañón Berta, desarrollado por la fábrica Krupp, capaz de bombardear París desde una distancia de 160 kilómetros.

En todo caso, quienes llegaron a celebrar en noviembre de 1918 el armisticio, no sospechaban que 21 años después, esa misma Europa se vería envuelta en otra guerra general, todavía más cruenta, esa Segunda Guerra que la mayoría de los historiadores más sagaces consideran como el segundo capítulo de un mismo conflicto.

El tamaño de la inhumana bestialidad de exterminio fue tanta, que en una estupenda película de Bertrand Tavernier que se llama “La vida y nada más”, el actor Philippe Noiret escribe una carta en la que dice: “Si todos los pobres difuntos de la guerra de 1914 hubieran desfilado por la avenida de Champs Élysées al mismo ritmo en que marcharon las tropas en el Desfile de la Victoria de 1919, esa marcha habría durado once días con sus once noches”.

La masacre fue una locura y no tenía otro sentido que el empeño de ciertos países poderosos de imponerse a sus rivales. Pero así fue, nada más que para demostrar que la furia desencadenada entre gobiernos y pueblos puede ser más impetuosa y devastadora que cualquier esfuerzo por apaciguar a las naciones y mantener en pie ese don imponderable que es la paz y esa capacidad invalorable que es la negociación.

Por aquel entonces, la flor y nata de la juventud europea y de los otros países que participaron, fue aniquilada en las trincheras sin dejar detrás del padecimiento y de la sangre, otro fruto que no fuera el desastre.

Ahora, cien años después, no nos sorprende tanto lo que sigue ocurriendo en el mundo, ya que ello confirma que la especie humana es así. Y para corroborar lo mencionado, nos basta con echar una ojeada a Siria, a la República Centroafricana, a México o a los miles de víctimas mortales del tráfico de inmigrantes ilegales a través del Mediterráneo, y pronto tendremos la sensación de que los fragores de 1914 siguen vivos… ¿Se puede festejar un siglo perdido?

(*) Siguiendo la misma línea y estilo del presente Blog, surge ahora “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”, conteniendo apenas instantáneas del cotidiano. Disfrútelo en: http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ Conjuntamente, continúa a su disposición mis libros en el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante ...