El último
sábado 28 de junio, mientras el mundo se distraía con los encuentros del
Mundial de futbol, se cumplía un siglo exacto del asesinato en Sarajevo del
archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del Imperio austrohúngaro. Un
atentado que desencadenó la Primera Guerra Mundial en 1914… Una guerra iniciada
en Europa y extendida después a otros continentes con un saldo de unos 10
millones de muertos.
Cuando ésta
finalizó cuatro años después, el mapa mundial, la relación de fuerzas entre las
grandes naciones y hasta las ideas dominantes en la cultura de comienzos del
siglo XX, resultaron modificadas de manera dramática.
Recordemos
que entre las causas del conflicto resalta la rivalidad entre las potencias,
los nacionalismos étnicos, la carrera armamentista, además de las ambiciones
territoriales. Precisamente, la chispa que provocó el incendio fue la expansión
del Imperio austrohúngaro hacia los Balcanes con la anexión de
Bosnia-Herzegovina en 1908. No en tanto, para resistir la anexión, los serbios
crearon un movimiento político con una rama terrorista llamada “Mano Negra” de
la cual saldría el autor del magnicidio, el estudiante serbio auto declarado anarquista radical, Gavril Princip.
Su
víctima, el archiduque, era sobrino y heredero del emperador Francisco José
quien, tras el atentado, lanzó un ultimátum a los serbios. A partir de ese
momento una inexorable cadena de hechos terminó por generalizar la guerra. El
Imperio, respaldado por la poderosa Alemania, declaró la guerra a Serbia; Rusia
apoyó a Serbia y entró en guerra con Alemania y el Imperio; Alemania atacó a
Francia, aliada de Rusia; y Gran Bretaña se alió con Francia y Rusia… Otras
tantas potencias se quedaron en el molde.
En todo
caso, los dados estaban echados mientras el mundo asistía entre perplejo y
consternado a los prolegómenos de una conflagración de un tamaño sin
precedentes en la historia del género humano. La mayoría de los historiadores
señalan como principal responsable de la guerra a Alemania, por entonces la
nación más poblada e industrializada de Europa, poseída por un militarismo
rampante conducido por el káiser Guillermo II, un líder ansioso por conquistar
nuevas colonias y en afirmar el liderazgo germano. De todos modos, una
conflagración de tal magnitud debió contar con numerosos responsables, hombres estos
que en la hora decisiva desecharon los medios pacíficos y optaron por las
armas.
Sin
embargo, en 1918, al terminar lo que se dio en llamar la “Gran Guerra”, el
mundo ya no era el mismo. El Imperio austrohúngaro dejó de existir al igual que
el Otomano. Los bolcheviques pasaron a ser los nuevos amos de una Rusia que
pronto engulló a otras naciones. Alemania cedió territorios y su poderío quedó
seriamente menguado por la devastación y las condiciones impuestas por los
ganadores. Europa, desolada y empobrecida, perdió gravitación en la escena global,
en tanto se perfilaban dos nuevas potencias no europeas, Estados Unidos y
Japón, que en mayor o menor medida participaron en la contienda.
En la
memoria colectiva quedó la imagen de aquella interminable guerra de trincheras,
con sus millones de soldados hundidos en el lodo hasta el pescuezo y en donde
medios de combate más modernos como el avión y el submarino se alternaron con
la caballería, el uso del gas mostaza y las cargas a bayoneta calada. Una
imagen tenebrosa que, pese a todo, no aventó para siempre el belicismo de
algunos de los contendores que poco más de una veintena de años después
desataron un segundo y encarnizado conflicto, síntoma de que los esfuerzos por
inculcar los ideales de paz habían sido inútiles.
Por
supuesto que la Primera Guerra Mundial con su secuela de destrozos materiales y
la pérdida de generaciones enteras de hombres caídos o heridos en el campo de
batalla clausuró una era feliz, la “Belle Époque” europea, en donde los avances
de la ciencia y la cultura en todos los planos parecían haber alejado
definitivamente el fantasma de la lucha armada.
La idea
de que la civilización había retrocedido desde el asesinato en Sarajevo con la
consiguiente pérdida de fe en un porvenir común, abrió paso a nuevas
concepciones del mundo y de la vida así como ideologías intolerantes y
totalitarias como el fascismo y el comunismo. Fue así, que a partir de 1939,
otro descomunal sacrificio humano se consumaría también como consecuencia de
muchas de las heridas abiertas y no cicatrizadas de la “Gran Guerra”.
Es
creencia común de los historiadores, que el 28 de junio de 1914, en Sarajevo,
murió uno de los pocos gobernantes realmente pacifistas de aquel tiempo, como
lo era el asesinado archiduque Francisco Fernando. Triste paradoja de un
episodio que marcó de manera indeleble la historia del siglo XX.
(*) Si le
parece, de una vueltita por http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”, un blog con algunas imágenes
instantáneas del cotidiano. Mis libros están en el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante ...
Nenhum comentário:
Postar um comentário