segunda-feira, 13 de fevereiro de 2017

Busque un Amante


No podemos mirar hacia un costado porque algunas personas tienen un amante y otras quisieran tenerlo. Del mismo modo, hay que incluir aquellas que ya no lo tienen, o quienes lo tenían y lo perdieron. Generalmente, estas dos últimas son las que se sienten tristes o presentan distintos síntomas, como el insomnio, la falta de voluntad, el pesimismo, las crisis de llanto o los más diversos dolores del alma.
Las vidas de éstas pasan a transcurrir de manera monótona y sin expectativas. Trabajan nada más que para subsistir y no saben en qué ocupar su tiempo libre. En fin, palabras más, palabras menos, están verdaderamente desesperanzadas.
Algunas de ellas visitan consultorios en los que reciben la condolencia de un diagnóstico seguro: “Depresión”, junto con la infaltable receta del antidepresivo de turno. Sin embargo, juzgo que la mayoría de ellas no necesitan un antidepresivo, puesto que lo que realmente necesitan, es un amante.
Imagino ver la expresión inaudita en los ojos de quién está leyendo este veredicto, los que de inmediato, escandalizados, han de pensar: ¿Cómo es posible una sugerencia tan descocada y sin base científica alguna?
Pues si esta no es un proposición científica, por cierto es una indicación irrefutable, pues hay que tener en cuenta la siguiente definición: Amante es: “Lo que nos apasiona”. Todo aquello que ocupa nuestro pensamiento antes de quedarnos dormidos, y es también quien a veces no nos deja dormir. Nuestro amante es lo que nos vuelve distraídos frente al entorno. Lo que nos deja saber que la vida tiene motivación y sentido.
Claro que ciertas veces a nuestro amante lo encontramos en nuestra pareja, o, en otras ocasiones, en alguien que no es nuestra pareja. Pero no se engañe, pues también se puede encontrar en la investigación científica, en la literatura, en la música, en la política, en el deporte, en el trabajo cuando éste es vocacional, en la necesidad de trascender espiritualmente, en la amistad, en la buena mesa, en el estudio, o en el obsesivo placer de un hobby. En síntesis, es “alguien” o “algo” que nos pone de “novio con la vida” y pronto nos aparta del triste destino de durar.
Ahí vale otra pregunta: ¿qué es durar? Evidente que durar es tener miedo a vivir. Es dedicarse a espiar como viven los demás, tomarse la presión cinco veces al día, deambular por consultorios médicos, es tomar remedios multicolores, es alejarse de las cosa alegres, es observar con decepción cada nueva arruga que nos devuelve el espejo, cuidarnos del frío, del calor, de la humedad, del sol y de la lluvia. Sencillamente, durar es tan sólo el hecho de postergar la posibilidad de disfrutar hoy, esgrimiendo el incierto y frágil razonamiento de que quizás podamos hacerlo mañana.
Por tanto, nadie debe empeñarse en durar. Hay que buscarse un amante, ya que también somos un amante y un protagonista de la vida. Piense que lo trágico no es morir, al fin y al cabo la muerte tiene buena memoria y nunca se olvidó de nadie.
Lo trágico es no animarse a vivir; mientras tanto y sin dudar, búsquese ya un amante…

sexta-feira, 10 de fevereiro de 2017

Inspiración Pura


Sencillamente, existen asuntos sentimentales sobre los cuales usted no debería preguntarme nunca, a no ser que esté dispuesta a escuchar que se ha convertido en la dueña de todas mis letras, que ya hoy es parte de esa inspiración que yo creía perdida.
Diría más, sin buscarla a usted, de repente me ha hecho revivir ese sentimiento idílico que yo ya creía extinguido; quien, como en un pase de mágica, se ha convertido en la razón de mis versos, en el camino que va en busca de una inesperada sonrisa; o quién sabe en la dirección segura que querrían seguir mis besos, en la trayectoria cierta que mis manos requieren, o en la razón de un sueño. Concibo que más que todo esto, ha de ser porque yo le entrego parte de mi vida cada vez que la veo feliz.
Y no crea usted que me engaño, porque bien sé que mis sentimientos no tienen precio que pueda tasar ni dinero que puede pagar toda la felicidad que siento cada vez que la veo sonreír.
Pero si nada he mencionado antes sobre todo lo que he confesado ahora, es porque hay instantes en que todo me parece imposible o que todo puede cambiar. En que todo está al alcance de la mano y muy distante a la vez. Quizás es por eso que repentinamente me invade la duda, el miedo a equivocarme y de no haber comprendido bien lo que el corazón siente de verdad caso usted me diga no.

De cualquier manera, pienso que usted es mucho más de lo que pueden imaginar los hombres iletrados que ni leen ni sabrán leer lo que en verdad usted representa. Porque uno puede tomar un libro con las manos, pero no podrá abrir su misterio y vivirá dejando de lado lo que realmente dice. Porque lo que usted dice con su existencia no es lo que se ve con los ojos. Es algo que lleva tiempo y paciencia, porque leer a una mujer cuesta la vida, aunque cuando uno se enamora, las agujas del tiempo hacen escala en el olvido de las horas.

quinta-feira, 9 de fevereiro de 2017

Abrázame


Creo que no existe manera más bonita de poder decirle a alguien que le quieres que no sea abrazándole. Pues bien, yo admito que a mí me gusta infinitamente cuando tú me abrazas como si fueses un tesoro de ascua encendida.
Tal vez esa vana emoción mía, sea porque en realidad presumo que aún sigue pareciéndome sorprendente y más aún un enigma inexplicable, la dichosa sensación de poder rodear con mis brazos al ser que considero lo más preciado del mundo, y poder sentir en mí esas ondas que tienen vaga armonía de jazmines en flor.
Es más, no ha de faltar un necio que al oír esto se haga cruces, pero no quiero que, súbita, presumas que esa es la única sensación que me cautiva, porque hay otras, como cuando sonríes, que matas de vez mis tristezas, o como cuando enciendes tu dulce mirada, con la que eres capaz de hipnotizarme si me tienes por delante.
Me encadena a tu vida esa tu risa linda, mujer mortal, ese disonante estruendo de desenfreno que acaricia mi oído como nota de remota música o el eco de un suspiro, la cual puede ser interpretada como la melodía más hermosa con la que alguien puede romper el silencio más incómodo, como lo es ese enjambre de abejas irritadas que guardo en un oscuro rincón de mi memoria.
Pero te afirmo con orgulloso sentimiento, que querer y amar tienen para mí de la misma magnitud, sin diferencias, aunque si tú me quieres, no me recortes. ¡Quiéreme todo, o no me quieras!
Si me quieres, quiéreme entero, no por zonas de luz o sombra. Quiéreme en negro o blanco, en gris o verde, sin rugosidades o con arrugas. Quiéreme de día o quiéreme de noche, con la ventana abierta, durante la madrugada con luna pero sin estrellas.
De lo poco de esta vida mortal que me resta y de la eterna que me toque, si es que algo me toca, bastará para mi vanidad saber que me has querido y me quieres y a los otros de mi le has hablado.
Acaso hoy tenga alegre mi congoja y triste el vino, en vano es continuar luchando ya que no hay señal capaz de encerrar mis quimeras, y apena por veces quedo perplejo con saber que nadie nota la maravillosa persona que eres. Y qué mal por ellos. Y qué afortunado yo.

quarta-feira, 8 de fevereiro de 2017

Entre Querer y Amar


Presumo que usted todavía no esté lista para entender cuál es la efectiva diferencia entre amar, querer y estar enamorada, debido a su completa ingenuidad actual y a esa inocencia que los traspiés de la vida ya se han de encargar de destruir. Así como opino que no le basta con que haya escuchado hablar sobre el tema, ya que muchos suelen confundir los términos querer, amar y estar enamorado como si ello se tratara de lo mismo. En primer lugar, le diré que esas palabras son tres cosas distintas.
Por ejemplo, querer es un sentimiento introspectivo que nos impulsa a dirigir nuestro cariño y aprecio hacia una persona, a un objeto, a un lugar e inclusive a una situación. En cambio, amar va mucho más allá del querer, puesto que es un acto, es ser, es principalmente aceptación pura, libre de juicio, por lo que cuando experimentamos el amor, nos elevamos, y como consecuencia, esa práctica nos conduce a un elevado estado de conciencia, cuando no de demencia.
Por supuesto que cuando a uno se le ocurre externar el aspecto sentimental de los humores temporales de nuestro corazón, nos referimos a dos términos que suelen parecer lo mismo, y sin embargo no nos damos cuenta que existen grandes diferencias entre esas palabras que van más allá de los verbos “amar” y “querer” que regularmente envuelven nuestros sentimientos.
Al escuchar esos dos términos, luego los involucramos en cuestiones sentimentales, lo qué, si bien es correcto, al emplearlos para expresar todo el sentir de los profundos afectos, puede hasta sonar muy hermoso a los oídos de un incauto, no obstante el sentimiento a veces nos lleva a cometer un error, y esto nada más es que confundir el significado de los dos vocablos.
Amar, es un verbo que proviene de la palabra “amor”, que significa la acción de expresar un sentimiento intenso, que por su iniciativa busca encontrarse y unirse con otro ser. Es decir, que tiene una innata atracción, inclinación y entrega de una persona hacia otra, cuyo objetivo primordial es procurar la reciprocidad en el anhelo de la unión de dos seres. Y ese empeño implica comunicación, convivencia, complemento y una relación afectiva basada en la decisión y consentimiento de sus propias voluntades. 
Por su vez, querer es también un verbo que significa que un individuo pretende cumplir su deseo. O, dicho en otras palabras, que él busca poseer o apetecer algo o a alguien, para su propia satisfacción personal. Es decir, que hay una inclinación, un interés, teniendo una connotación egoísta y posesiva. En suma, tenemos que el acto de amar es un sentimiento altruista y desinteresado, mientras querer es un deseo que implica buscar una satisfacción.
Ahora, enamorarse o estar enamorado, en cambio, es una obsesión que no tiene nada que ver con amar y muy pocas veces con querer. El hecho de alguien enamorarse implica luego en apego e ilusión, una proyección en alguna situación, persona o cosa, donde alguno pretende hacer coincidir artificialmente características de un modelo que fue idealizado en la mente del que sufre la obsesión o enamoramiento y el objeto real.
Es por eso que erróneamente decimos que el amor es ciego. Y no es así, ya que el amor no es ciego. Ciego nos hace estar enamorados porque ensoñamos un sentimiento en lugar de apreciar. Y me arriesgo a decir que a diferencia del enamoramiento, cuando amamos apreciamos las cosas, las ideas o las personas tal como ellas son, sin idealizarlas.
Lo que es muy diferente al querer, porque se aceptan las ideas, cosas o personas sin querer cambiarlas o dominarlas, o sea, que se aceptan con sus virtudes y debilidades. Y lo que es muy distinto del enamorado, que, dada su obsesión, proyecta su ilusión sobre otro ser, haciéndole coincidir artificialmente con las características de alguien que sólo existe diáfanamente en su mente a través de una previa construcción ilusoria, por lo que muchas veces este individuo suele exacerbar los atributos que considera positivos  y, sin otra, justifica, niega o ignora aquellas características que obvia pero que luego, con el tiempo, considerará “defectos”.
Así que, el enamoramiento tiende a durar poco porque el rigor del día a día va desvaneciendo la espesa niebla de la ilusión que impide ver quien lo padece, y, poco a poco, al pasar su “ceguera”, empieza a percibir aquellos aspectos que siempre estuvieron allí pero que habían sido pasados por alto, aquellos que jamás observó o tomó en cuenta.
En fin, los años ya le ensañaran a usted a descubrir esas sutiles diferencias, pero no se olvide que es preciso amor para hacer pulsar el corazón, se necesita paz para poder sonreír, y una lluvia de amor para hacer florecer una rosa como usted.

terça-feira, 7 de fevereiro de 2017

Derroche Amor


Normalmente, todo aquel que pierde el amor padece de insanos agobios al igual a cualquier otro ser cuya vida de repente se ve empañada por fortuitos pesares, momento en que, ya sin ánimo, consiente que su entorno se convierta adecuado para un ente tonto acosado por memos delirios que harían parte integrante de una obra teatral griega. No es para menos.
Sin embargo, todos necesitamos un poco de frivolidad y un poco menos de moderación de vez en cuando. No es el caso de sugerir que seamos derrochones de amor ni que no seamos moderados en esas cosas del corazón, o dejemos de hacer planes sensatos para el futuro. Pero, lo que ocurre, es que todos tenemos necesidades actuales que con frecuencia se convierten en brechas permanentes de ánimo, cuando no en inmensos precipicios en nuestra vida, al momento que esas carestías no se concretan.
El hecho de alguien pasar por alto o querer ignorar las posibilidades de amar y reír en el presente, llenar su vida con planes idílicos para un mañana que puede parecer más que nebuloso, implicaría en el peligro o la eventualidad de verse expuesto a la irrefutable posibilidad de agenciar una pérdida irreparable permanente, visto que el tiempo, sutil mediador silencioso de nuestras vidas, es limitado hasta en los más jóvenes.
Con frecuencia pasamos la vida portándonos en forma sensata, principalmente si es para el bien de los otros. Por tanto, eso del sentido común, la prudencia, la sensatez, el renunciamiento, son cosas importantes, siempre y cuando estas no sean las únicas en nuestra vida.
Ya que la falta de conciencia es con máxime frecuencia la responsable de que muchos de nosotros desperdiciemos una parte importante de nuestra vida, ciertamente, todos precisamos aprender algo de nuestro corazón aunque éste nos duela, ya que mismo siendo él un órgano hueco y muscular, de alguna manera prodigiosa se las arregla para lograr ocuparse a un tiempo de latir y de las emociones en el mismo segundo.
Ame ya, pero nunca entregue su miocardio a quien sólo se interesa por su epidermis. Encárguese de la gente que lo quiera, y deje a los que le hacen daño que se encargue la vida, porque la tragedia, quiérase o no, es que el tiempo perdido sin amar se ha ido para siempre.

segunda-feira, 6 de fevereiro de 2017

Números Primos


Normalmente, los cuentos de Colorín Colorado son de nunca acabar y vienen llenos de colores; pero un texto de José Carlos Adão muestra que existen otras invenciones a ser narradas. Veamos pues de que se trata.
…Se trata de dos primos. José Siete y Antonio Once. Lo cierto, es que ellos eran primos por parte de madre y habían nacido en la misma aldea del distrito de Beja. Vivían en la misma calle, con un intervalo de tres casas entre ellos. Eran, además de primos, muy amigos y tenían, prácticamente, desde que nacieron, jugado siempre juntos y pasado tiempos y tiempos realizando carreras con carritos a ruleman por los calmos caminos de la aldea.
Uno de ellos, como consta en sus nombres, tenía siete años y el otro once. Se aclara esto, para no divergir de lo que hasta ahora se ha dicho de las familias. Pero, a pesar de ellos ir a la misma escuela, estaban en salas diferentes y en años separados. Ni uno ni otro eran buenos en lenguaje. Pero, eso sí, excelentes alumnos en matemáticas.
Números. Primos. Cuando uno nació el otro ya se dividía por dos, y bastaba sólo eso para que se conociesen y tener esa particularidad, además de los lazos familiares. Eran, lo que podría decirse, la matemática de la sangre y sangre de la matemática.
Nada más había además de la familia y de sus padres, habitantes siempre de esa misma aldea de Beja, Siete de su nombre también, contaban por los dedos aquellos ligados a gente que habían partido de la aldea en busca de otras cuentas. No era difícil. Nada era difícil en el mundo de los números y de la matemática de la vida y de las cosas. Hay problemas que surgen todos los días. Todavía, sólo por su surgimiento se resuelven esos problemas, ésos y todos los demás de la vida. Los problemas crean soluciones que sólo surgen en consecuencia del aparecimiento de los primeros.
Como la familia de los números es muy sabia, en ella todo se suma, todo se sustrae, multiplica y divide. Los abuelos ya fueron jóvenes y los jóvenes serán viejos un día, no sin antes pasar por todas las fases de las cuentas que se sustraen y adicionan a los días y a los años. En su joven edad, siete de siete, habitante de la Siete, y Once, hijo de Once, primo de siete, jugaban en la orilla de los caminos con sus carritos a ruleman mientras contaban las semillas perdidas en la trilla del trigo.
La Escuela en los meses de verano era cosa del pasado y del futuro distante, por lo menos hasta fin de agosto. A esas alturas ya no se pensaba en ello. Sólo se pensaba en las cuentas de cabeza de quien cuenta historias, jugar al juego del gallo, saltar la macaca, jugar con canicas y realizar imaginarias carreras de fórmula 1. No se pensaba en matemáticas, se pensaba solamente en juegos y retozos, y al final del día, después del rezongo de las madres, un baño ahuyentaba la carga de polvo atesorada durante el día. Se sustraían unos calzones polvorientos, se adicionaban unos baldes de agua, jabón azul y blanco, unas toallas blancas que, mismo después del baño, quedarían amarillas y no albas.
De esta forma se hacían las matemáticas por esos días, hasta el final del verano. Cada día tiene veinticuatro horas, cada hora tiene sesenta minutos, cada minuto sesenta segundos y por lo demás todo igual. Los primos no se dividían a no ser por sí y por uno. Solamente la compañía de los juegos, de crecer juntos en la familia y en la amistad que los unía, casi como hermanos.
Un día serán catorce y veintidós. Un día serán veintiuno y treinta y tres. Un día dejarán de existir en las casas donde nacieron y se tornarán números grandes. Pasarán a vivir en otras casas, decimales, centésimas, fracciones. Aunque las probabilidades de ellos reencontrarse en los días o en los años ya será menor. Quedarán distantes de los carritos a ruleman y, en la familia de los números, serán los que abalarán la aldea y volverán unos días, pocos, en el verano.
Los primos serán siempre primos, en números divisibles por sí y por uno.

sexta-feira, 3 de fevereiro de 2017

Sinceramiento


Yo a usted le podría comentar mil cosas, como si fuese un sinceramiento de los sentimientos que ha despertado en mí, porque, en verdad, a medida que transcurre el tiempo, voy de asombro en asombro, de estupor en estupor cada vez que la veo y usted me sonríe.
Al principio, luego de verla pasar, sentía sonar en mí modestas y molestas campanillas. Pero mis resquemores no demoraron mucho para convertirse en un tañer enloquecido de campanas que suenan rotundas en mi cabeza.
En realidad, la primera vez que la vi, usted estaba de espaldas a mí. La miré con indiferencia hasta que entró a donde iba. No le presté más atención que la que hubiera prestado a cualquier otra mujer que merodeaba por la calle aquella mañana, y cuando cerré la ventana y volví a mi rutina, ya lo había olvidado.
Pero verá usted que después de aquel instante hay tantas cosas a decir, que se me hacen imposibles de explicarlas, y reconozco que no sé cómo decírselas, aunque bendito sea el momento, la hora, el día, el mes y el año, en el cual su encantadora mirada se encadenó al alma mía.
Entre usted y yo no ha acontecido nada sino la vaga soledad de nuestras miradas, acaso demasiado cotidianas si se quiere, como para no recordarlas. Somos tan distintos, tan opuestos, tan ajenos, que creo que es ahí donde está la conexión, y esa es justamente la coincidencia, lo que no tenemos en común.
Y, créame, no se trata de si yo la echo de menos a las tres de la tarde cuando estoy ocupado, y sí a las dos de la madrugada cuando estoy solo. Al final de cuentas, usted se ha convertido en una dulce pesadilla, debo decirlo, pues el problema no es su presencia en mis sueños, sino más bien su ausencia en mi realidad.
La escogí a usted. Sí, a usted, porque me di cuenta que encontró mi punto débil, y ha sido la única que descubrió la manera irreprochable de calmar mi alma indomable.
En fin, la escogí, porque me di cuenta que valía la pena, valía los riesgos, que valía la vida.