Yo a usted le
podría comentar mil cosas, como si fuese un sinceramiento de los sentimientos
que ha despertado en mí, porque, en verdad, a medida que transcurre el tiempo,
voy de asombro en asombro, de estupor en estupor cada vez que la veo y usted me
sonríe.
Al principio,
luego de verla pasar, sentía sonar en mí modestas y molestas campanillas. Pero
mis resquemores no demoraron mucho para convertirse en un tañer enloquecido de
campanas que suenan rotundas en mi cabeza.
En realidad, la primera vez que la vi, usted estaba de espaldas a mí. La
miré con indiferencia hasta que entró a donde iba. No le presté más atención
que la que hubiera prestado a cualquier otra mujer que merodeaba por la calle
aquella mañana, y cuando cerré la ventana y volví a mi rutina, ya lo había
olvidado.
Pero verá
usted que después de aquel instante hay tantas cosas a decir, que se me hacen
imposibles de explicarlas, y reconozco que no sé cómo decírselas, aunque
bendito sea el momento, la hora, el día, el mes y el año, en el cual su
encantadora mirada se encadenó al alma mía.
Entre usted y
yo no ha acontecido nada sino la vaga soledad de nuestras miradas, acaso
demasiado cotidianas si se quiere, como para no recordarlas. Somos tan
distintos, tan opuestos, tan ajenos, que creo que es ahí donde está la
conexión, y esa es justamente la coincidencia, lo que no tenemos en común.
Y, créame, no
se trata de si yo la echo de menos a las tres de la tarde cuando estoy ocupado,
y sí a las dos de la madrugada cuando estoy solo. Al final de cuentas, usted se
ha convertido en una dulce pesadilla, debo decirlo, pues el problema no es su
presencia en mis sueños, sino más bien su ausencia en mi realidad.
La escogí a
usted. Sí, a usted, porque me di cuenta que encontró mi punto débil, y ha sido
la única que descubrió la manera irreprochable de calmar mi alma indomable.
En fin, la
escogí, porque me di cuenta que valía la pena, valía los riesgos, que valía la
vida.

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