La felicidad
nace en el interior de las personas. Ella no depende de cosas externas o de
otra gente. Si bien debemos reconocer, que cuando nuestra felicidad y la
sensación de seguridad pasa a depender del comportamiento y los actos de los
demás, es evidente nos tornamos vulnerables y luego podemos sufrir con
facilidad.
Claro que no
es posible hablar por los demás, pero lo que en este caso es realmente importante,
es lo que nos incumbe. Por tanto, toda persona debe preocuparse de sí misma, de
convertirse en un todo, ya que desde siempre todos tenemos lecciones que
aprender. Pero, eso sí, uno debe aprenderlas una a una, por orden, sin prisa.
Sólo así podremos saber qué necesita la persona que tenemos cerca, qué le falta
o qué nos falta a nosotros para ser un todo.
Creo que
gracias al mar, las arenas, al viento golpeando mi rostro, y, por supuesto al buen
vino y a la suerte, logré comprender algo de la naturaleza del yo. Me refiero
al yo verdadero, que es inmortal y no una copia manifiesta de lo que sea y que
poco o nada nos ha de servir para conocer realmente la felicidad.
Al entenderme al
fin con mis ocultas voces clamorosas y gimientes, descubrí que eso era
justamente lo que me ayudaba a ver las cosas siempre desde una perspectiva
adecuada, mismo que ello fuese una evocación alucinada quizás más sonante que
cantante.
Haciendo gala de su virtud educadora, algunos
afirman que todos necesitamos conocernos para ver claramente, sin las
distorsiones que son proporcionadas por la mente consiente o subconsciente. Empero,
para lograrlo, tenemos que cultivar la práctica de la meditación, la
visualización, la observación distanciada de los hechos, la percepción tranquila
de lo acontecido. En fin, una búsqueda sobria de las sensaciones causadas por
amor y del cariño desde la distancia o el distanciamiento del amor, que en suma
es, lo que nos permite entender a quién nos ama.
En última
instancia, la manera de tratar a los demás en las relaciones es infinitamente
más importante que lo que hemos acumulado materialmente, ya que, indudablemente,
podemos ganar y perder muchos objetos materiales a lo largo de la vida, de la
misma manera como perdemos a quienes amamos; no obstante, en este caso
palmario, los ecos de sus voces nos seguirán y nos perseguirán “per omnia
saecula seculorum”.
Por veces nos
cuesta mucho sentirnos felices, y esto se debe a que generalizamos y
establecemos despóticamente grupos o tópicos, y tal actitud es lo que hace
imposible que consigamos ver a otros individuos por sí mismos, sin fantasías ni
vestidura. Las suposiciones erróneas arraigadas en el pasado ocasionan una
percepción distorsionada de la realidad. Con todo, como la experiencia tiene
mucha más fuerza que las creencias, uno debe descartar las creencias y los
pensamientos caducados.
Como negar
que, al parecer, la diferencia entre hombres y mujeres son insalvables.
Innumerables libros, películas y programas de auditorio ya se han encargado de
subrayarlo con letras mayúsculas, y es evidente que existe un abismo infinito entre
los sexos que se manifiesta en nuestra forma de pensar y en nuestro
comportamiento.
Lo cierto de
todo esto, es que los diferentes géneros no ven el mundo del mismo modo, y hasta
da que pensar si no es el sol quien se los ilumina de diferentes ángulos.
Científicamente
hay una explicación: por ejemplo, la testosterona, la hormona masculina, es la
que inclina a los hombres hacia la agresión y la competitividad, en lugar de la
cooperación, hacia la propiedad del territorio y de la familia. Pero del otro
lado de la luna está el estrógeno y la progesterona, las hormonas femeninas, las
que parecen fomentar la sensibilidad, la comunicación, en lugar de la
competición, un menor deseo de agresión y una mayor ansia de protección.
¡Válgame Dios!…
La verdad es que me siento óptimo y soy feliz, y creo que luego de todo esto la
invitaré a volar.

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