No podemos mirar hacia un costado porque algunas personas tienen un
amante y otras quisieran tenerlo. Del mismo modo, hay que incluir aquellas que ya
no lo tienen, o quienes lo tenían y lo perdieron. Generalmente, estas dos
últimas son las que se sienten tristes o presentan distintos síntomas, como el insomnio,
la falta de voluntad, el pesimismo, las crisis de llanto o los más diversos
dolores del alma.
Las vidas de éstas pasan a transcurrir de manera monótona y sin
expectativas. Trabajan nada más que para subsistir y no saben en qué ocupar su
tiempo libre. En fin, palabras más, palabras menos, están verdaderamente
desesperanzadas.
Algunas de ellas visitan consultorios en los que reciben la condolencia
de un diagnóstico seguro: “Depresión”, junto con la infaltable receta del
antidepresivo de turno. Sin embargo, juzgo que la mayoría de ellas no necesitan
un antidepresivo, puesto que lo que realmente necesitan, es un amante.
Imagino ver la expresión inaudita en los ojos de quién está leyendo este
veredicto, los que de inmediato, escandalizados, han de pensar: ¿Cómo es
posible una sugerencia tan descocada y sin base científica alguna?
Pues si esta no es un proposición científica, por cierto es una
indicación irrefutable, pues hay que tener en cuenta la siguiente definición:
Amante es: “Lo que nos apasiona”. Todo aquello que ocupa nuestro pensamiento
antes de quedarnos dormidos, y es también quien a veces no nos deja dormir.
Nuestro amante es lo que nos vuelve distraídos frente al entorno. Lo que nos
deja saber que la vida tiene motivación y sentido.
Claro que ciertas veces a nuestro amante lo encontramos en nuestra
pareja, o, en otras ocasiones, en alguien que no es nuestra pareja. Pero no se
engañe, pues también se puede encontrar en la investigación científica, en la
literatura, en la música, en la política, en el deporte, en el trabajo cuando éste
es vocacional, en la necesidad de trascender espiritualmente, en la amistad, en
la buena mesa, en el estudio, o en el obsesivo placer de un hobby. En síntesis,
es “alguien” o “algo” que nos pone de “novio con la vida” y pronto nos aparta
del triste destino de durar.
Ahí vale otra pregunta: ¿qué es durar? Evidente que durar es tener miedo
a vivir. Es dedicarse a espiar como viven los demás, tomarse la presión cinco
veces al día, deambular por consultorios médicos, es tomar remedios
multicolores, es alejarse de las cosa alegres, es observar con decepción cada
nueva arruga que nos devuelve el espejo, cuidarnos del frío, del calor, de la
humedad, del sol y de la lluvia. Sencillamente, durar es tan sólo el hecho de postergar
la posibilidad de disfrutar hoy, esgrimiendo el incierto y frágil razonamiento
de que quizás podamos hacerlo mañana.
Por tanto, nadie debe empeñarse en durar. Hay que buscarse un amante, ya
que también somos un amante y un protagonista de la vida. Piense que lo trágico
no es morir, al fin y al cabo la muerte tiene buena memoria y nunca se olvidó
de nadie.
Lo trágico es no animarse a vivir; mientras tanto y sin dudar, búsquese
ya un amante…

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