Normalmente,
los cuentos de Colorín Colorado son de nunca acabar y vienen llenos de colores;
pero un texto de José Carlos Adão muestra que existen otras invenciones a ser narradas. Veamos pues
de que se trata.
…Se trata de dos primos. José Siete y Antonio Once.
Lo cierto, es que ellos eran primos por parte de madre y habían nacido en la
misma aldea del distrito de Beja. Vivían en la misma calle, con un intervalo de
tres casas entre ellos. Eran, además de primos, muy amigos y tenían, prácticamente,
desde que nacieron, jugado siempre juntos y pasado tiempos y tiempos realizando
carreras con carritos
a ruleman por los calmos caminos de
la aldea.
Uno de ellos, como consta en sus nombres, tenía
siete años y el otro once. Se aclara esto, para no divergir de lo que hasta
ahora se ha dicho de las familias. Pero, a pesar de ellos ir a la misma
escuela, estaban en salas diferentes y en años separados. Ni uno ni otro eran
buenos en lenguaje. Pero, eso sí, excelentes alumnos en matemáticas.
Números. Primos. Cuando uno nació el otro ya se
dividía por dos, y bastaba sólo eso para que se conociesen y tener esa
particularidad, además de los lazos familiares. Eran, lo que podría decirse, la
matemática de la sangre y sangre de la matemática.
Nada más había
además de la familia y de sus padres, habitantes siempre de esa misma aldea de
Beja, Siete de su nombre también, contaban por los dedos aquellos ligados a
gente que habían partido de la aldea en busca de otras cuentas. No era difícil.
Nada era difícil en el mundo de los números y de la matemática de la vida y de
las cosas. Hay problemas que surgen todos los días. Todavía, sólo por su
surgimiento se resuelven esos problemas, ésos y todos los demás de la vida. Los
problemas crean soluciones que sólo surgen en consecuencia del aparecimiento de
los primeros.
Como la
familia de los números es muy sabia, en ella todo se suma, todo se sustrae,
multiplica y divide. Los abuelos ya fueron jóvenes y los jóvenes serán viejos
un día, no sin antes pasar por todas las fases de las cuentas que se sustraen y
adicionan a los días y a los años. En su joven edad, siete de siete, habitante
de la Siete, y Once, hijo de Once, primo de siete, jugaban en la orilla de los
caminos con sus carritos a ruleman mientras contaban las semillas perdidas en
la trilla del trigo.
La Escuela en
los meses de verano era cosa del pasado y del futuro distante, por lo menos
hasta fin de agosto. A esas alturas ya no se pensaba en ello. Sólo se pensaba
en las cuentas de cabeza de quien cuenta historias, jugar al juego del gallo,
saltar la macaca, jugar con canicas y realizar imaginarias carreras de fórmula
1. No se pensaba en matemáticas, se pensaba solamente en juegos y retozos, y al
final del día, después del rezongo de las madres, un baño ahuyentaba la carga
de polvo atesorada durante el día. Se sustraían unos calzones polvorientos, se
adicionaban unos baldes de agua, jabón azul y blanco, unas toallas blancas que,
mismo después del baño, quedarían amarillas y no albas.
De esta forma
se hacían las matemáticas por esos días, hasta el final del verano. Cada día
tiene veinticuatro horas, cada hora tiene sesenta minutos, cada minuto sesenta
segundos y por lo demás todo igual. Los primos no se dividían a no ser por sí y
por uno. Solamente la compañía de los juegos, de crecer juntos en la familia y
en la amistad que los unía, casi como hermanos.
Un día serán
catorce y veintidós. Un día serán veintiuno y treinta y tres. Un día dejarán de
existir en las casas donde nacieron y se tornarán números grandes. Pasarán a
vivir en otras casas, decimales, centésimas, fracciones. Aunque las
probabilidades de ellos reencontrarse en los días o en los años ya será menor.
Quedarán distantes de los carritos a ruleman y, en la familia de los números,
serán los que abalarán la aldea y volverán unos días, pocos, en el verano.
Los primos
serán siempre primos, en números divisibles por sí y por uno.

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