Los recuerdos
suelen doler de acuerdo con la intensidad que nuestra memoria esté preparada
para guardar imágenes y momentos que han quedado detrás del tul de la nostalgia.
Pero cuando estos surgen, agoreros, descabezados, siempre habrá un precio a
desembolsar.
Con todo, hay
que tener en cuenta que un recuerdo es aquella imagen del pasado que guardamos
en la memoria, ya que ésta tiene la capacidad condescendiente y generosa de lograr
almacenar, retener y recordar alguna información del pasado. Es más, no pasa de
una función cerebral que gracias a las conexiones sinápticas entre las neuronas,
nos permite retener las experiencias vividas. Implícitamente los amores fallos,
los besos perdidos en el viento de primavera o los abrazos que estrechamos
rompiendo corazones.
Ese dolor causado
por el recuerdo, nos viene de la mano de la nostalgia, porque ella es descrita
como un sentimiento de anhelo por querer revivir un acontecimiento, momento o
situación del pasado que el amor nos concedió.
Usualmente, cuando
se nos ocurre hablar del recuerdo, nos remitimos a un sentimiento que cualquier
alma puede atravesar en cualquier etapa biológica de su vida, pero que suele
traer a sus espaldas el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido o vivido
en una época y ahora no se tiene, está extinto o ha cambiado, aunque la
nostalgia se puede asociar a menudo con la memoria cariñosa de la niñez, de un
ser querido, un lugar, juego, objeto personal estimado, o un suceso en la vida
del individuo o grupo.
Sin embargo, los recuerdos de amores de ayer no
dejan de ser como las palabras. Y aunque una multitud diga lo contrario, a
éstas no se las lleva ningún viento. Porque cada palabra destruye o edifica,
hiere o cura, maldice o bendice, o nos hace caer de rodillas si se trata de la
pasión.
Para evitar sufrir con esos sentimientos dolorosos
de los recuerdos, debemos aprender del árbol, ya que todo lo que él tiene de florido,
viene de lo que tiene sepultado en sus raíces y se convirtió en recuerdos.

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