Sencillamente,
existen asuntos sentimentales sobre los cuales usted no debería preguntarme
nunca, a no ser que esté dispuesta a escuchar que se ha convertido en la dueña
de todas mis letras, que ya hoy es parte de esa inspiración que yo creía
perdida.
Diría más, sin
buscarla a usted, de repente me ha hecho revivir ese sentimiento idílico que yo
ya creía extinguido; quien, como en un pase de mágica, se ha convertido en la
razón de mis versos, en el camino que va en busca de una inesperada sonrisa; o
quién sabe en la dirección segura que querrían seguir mis besos, en la
trayectoria cierta que mis manos requieren, o en la razón de un sueño. Concibo
que más que todo esto, ha de ser porque yo le entrego parte de mi vida cada vez
que la veo feliz.
Y no crea
usted que me engaño, porque bien sé que mis sentimientos no tienen precio que
pueda tasar ni dinero que puede pagar toda la felicidad que siento cada vez que
la veo sonreír.
Pero si nada
he mencionado antes sobre todo lo que he confesado ahora, es porque hay
instantes en que todo me parece imposible o que todo puede cambiar. En que todo
está al alcance de la mano y muy distante a la vez. Quizás es por eso que
repentinamente me invade la duda, el miedo a equivocarme y de no haber comprendido
bien lo que el corazón siente de verdad caso usted me diga no.
De cualquier manera,
pienso que usted es mucho más de lo que pueden imaginar los hombres iletrados
que ni leen ni sabrán leer lo que en verdad usted representa. Porque uno puede
tomar un libro con las manos, pero no podrá abrir su misterio y vivirá dejando
de lado lo que realmente dice. Porque lo que usted dice con su existencia no es
lo que se ve con los ojos. Es algo que lleva tiempo y paciencia, porque leer a
una mujer cuesta la vida, aunque cuando uno se enamora, las agujas del tiempo
hacen escala en el olvido de las horas.

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