Esa noche me
quedé con ella y la miré dormir. No quise despertarla. Me di cuenta que estaba
soñando conmigo.
Lenta y
paulatinamente la fui desvistiendo con los ojos, mientras observaba sus lunares
y cada una de sus pecas, y recordé a mí mismo por qué ella me gustaba tanto.
En cierto
momento consideré que su imagen de diosa dormida me intimidaba y salí a fumar,
pero le dejé una nota. Tuve la precaución de registrar en la misma lo cuanto la
quería, y, por si despertaba, dejé dicho que volvería.
Volví. Como
aún no había despertado, le susurré al oído que no había tiempo a perder. Nos
aguardaba la vida, nos esperaba el amor, y decidimos abolir las preliminares.
Perdido entre
sus brazos me dejé estar, porque ella era una mujer que no escatimaba ternura,
porque su modo de acariciarme me mareaba de felicidad, y, debo reconocerlo, de
deseo también.
Me otorgué un
tiempo para adorar sus labios, o, mejor dicho, el gusto de sus besos, la manera
suave y violenta como ellos se hundían en los míos, como se entreabrían, como
se escapaban y se confundían y me confundían.
No demoré en
darme cuenta que se trataba de una mujer veneno, veneno de pasión y antídoto a
la vez.
Estimo que con
sus caricias y sus besos al que quiere curar lo cura, pero al que quiere matar
lo mata… O quizás él se deje morir entre sus brazos.
Me enamoré de
la forma en que sonreía en la mitad de cada beso, de la manera que sus labios
besaban mi cuello, mi cuerpo. Me enamoré de la forma en que me hizo volver a
vivir mientras ella no decía nada. Le gustaba que yo le dijese cosas al oído,
pero callaba.
Callaba, pero
sus ojos, sus labios y sus manos hablaban por ella, y eso me bastaba para ser
feliz.
Ya no puedo
dejar de ser suyo. Ya no puede dejar de ser mía. De hoy en más la he de amar
con todos mis anhelos, en todos mis sueños, y sé que me bastará la fugacidad de
su presencia para hacerla mía, parte de mi carne, propiedad de mi alma,
habitante de mi dolor y mi esperanza.

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