Estoy
inclinado a pensar que tal acto, suceso, hecho, episodio o por ventura drama
teatral, dependiendo siempre del lado cóncavo o convexo que uno lo quiera mirar,
tenga de inicio una fuerte raíz con el pasado del lugar donde ocurrió.
No es de
dudar, porque todo el mundo ya sabe que la “Camorra” es una
organización criminal mafiosa de la región de Campania y la ciudad italiana de
Nápoles. Aunque se diga que en comparación con las mafias vecinas, la “Sacra
corona unita y la Ndrangheta”, la Camorra se centra más en la piratería de todo
tipo.
Como
el origen del término “Camorra” es bastante incierto, esto se presta a
bastantes interpretaciones, aunque parecería que la más aceptada es la tesis de
que “camorra” viene del antiguo español “gamurri”, ya que éste era el nombre
con el que se individualizaba a las bandas de malhechores que abundaban en las
montañas de España que a posterior llegaron a la península itálica alrededor
del 1300. No obstante también puede que la palabra “ca murra”, esto es: “capo
della murra” -jefe de la murra-,
surgiera en la Nápoles setecentesca por ser éste el nombre con que se apuntaba
el “guappo” -capo, cabecilla, jefe- del barrio- que resolvía las disputas entre
los jugadores de la murra, un típico juego callejero de aquel entonces. En todo
caso, esta etimología, como todas las otras, también parece remontarse a la del
“gamurri” español medieval.
Como
sea, por extensión, el término “camorrista”
ha pasado a ser sinónimo de matón o de pendenciero, de “quimerista”, y es así que en español “camorra” pasó a significar
riña, pendencia, altercado, y los demás etcéteras por el estilo.
Con
todo, mismo que ya se hayan escrito incontables obras al respecto y hasta se
haya elaborado una infinidad de películas sobre las actividades insalubres de dichas
organizaciones, parece que nunca está todo dicho.
Por supuesto
que me refiero a lo ocurrido la semana pasada por esas bandas peninsulares,
cuando la policía local informara que una mujer napolitana, que descubrió la
infidelidad de su marido, terminó arrancando con los dientes un dedo de la
amante del susodicho durante una discusión que se originó en la calle.
Más que
camorrista, bien podría tratarse de una impulsiva agresora, ya que la
descornada esposa de un serio hombre de negocios, que había descubierto recientemente
la infidelidad de su marido, un buen día se encontró con la supuesta amante del
mismo en cuanto hacía compras en un barrio popular de Nápoles, lo que despertó
de inmediato la ira de esta señora con protuberancias craneanas al mejor estilo
bovino.
En todo
caso, las dos mujeres, que por acaso son parientes, no demoraron en comenzar la
pelea, a pesar de los múltiplos esfuerzos realizados por los transeúntes para
separarlas.
Mientras
ambas se encontraban entretenidas en esas cosas juglares típicas del populacho,
sin más ni menos la amante realizó aquel típico gesto mundano de colocar el
dedo en ristre para la esposa engañada, por lo que la otra no se quedó atrás y
comenzó a morderlo, con tanta fuerza, que se lo arrancó de vez.
Herida, la
amante fue rápidamente llevada a un hospital local mientras el dedo era
recuperado por la policía a fin de posibilitar una cirugía reconstructiva. Con
todo, según un portavoz de la policía que fue contactado por reporteros de la
agencia “AFP”, los médicos no consiguieron reconstruir el dedo.
El incognito
y a su vez sorprendido portavoz de la policía llegó a comentar: “Estamos
acostumbrados a ver escenas de ese tipo en nuestras calles, donde es común que
mujeres se peleen con pasión desmedida, pero nunca con tanta violencia”.
Y así, pese
al fantasioso cretinismo en el cual procuro encajar ciertos actos de carácter
simbólico y filosófico, parece utópico querer decir preciosidades que sólo la
experimentada convivencia de la lógica justifica… ¡Sacro asunto mujeril!
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