Hermosa eras tú, altanero yo; y poco a poco nos fuimos
acostumbrando uno a querer dominar, el otro a no ceder, y seguimos andando por esa
apremiante senda hasta que nos resultó inevitable el choque, y un día concordamos
en dar adiós a las mutuas manos y a las sienes que acercaban el amor. Hoy en
día sólo ha quedado entre nosotros la fiel memoria y los desiertos días.
Ya no me resulta mágico el mundo si me has dejado. Ya no
compartimos de manos dadas y pausados pasos la clara luna ni los serenos jardines.
No existe más una luna que sea espejo de nuestro pasado. Sólo ha quedado en mí un
cristal de soledad, un sol de agonías.
Como si fuese un enjambre de abejas irritadas, desde un
oscuro rincón de la memoria surgen a perseguirme con insolencia los recuerdos
de nuestros ayeres. Medroso y triste, entrego mis pensamientos a tocar el
pentagrama de tu belleza y afinar mis melodías para un amor que ya se fue.
Esfuerzo inútil. Los recuerdos me rodean, me acosan, me maltratan, me aguijonan
el alma unos tras otros con fatuo encono.
Mismo así, he percibido en medio a mi dolor, que nadie
pierde sino lo que no tiene y no ha tenido nunca, y que no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Ensimismado en
ese contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, creo que si una próxima vez
vuelvo a perder a alguien, esa vez no será por tener pensamientos demasiado
profundos, por tener estándares muy altos o sueños muy grandes, por tener
demasiada alma, por tener los pies en la tierra, por amar demasiado, por
empujar a otros a creer que el pasto es verde solamente si lo riegas.
Un día te
rogué que no me tentaras. Y ya lo ves, hoy no puedo olvidarte.

Nenhum comentário:
Postar um comentário