Solemos
escuchar que la nostalgia engaña al incauto, al inculcarle el ufano deseo de
simplicidad y una inocencia inalcanzable. Esos sortilegios de la palabra ajena
me llevan a cuestionar: ¿Cómo haré para dejar de lado los sombríos atributos
dominantes que gobiernan mi solitaria vida en la actualidad?
En realidad,
ella y yo somos cobardes que a la distancia se quieren, pero por prejuicios de
amores pasados y de las cicatrices que tenemos en el corazón, no nos
arriesgamos a amarnos con locura, esa misma locura que causa ímpetu y arrebato,
y nos negamos a darnos todo este amor.
Como no hay solución, uno necesita aprender a llevarse
bien con la soledad. Es necesario hacerlo, sin duda, porque en el aislamiento de
mi corazón, que se sabe condenado a morir sin sus besos, necesito de su
compañía, y es cuando percibo que la soledad resulta buena amiga. No miente, me
escucha inerte en silencio y hasta muestra su valentía, esa valentía que un día
pensé que no existía.
Mis avenidos pensamientos pretenden, de manos dadas,
llevarme al sacrificio, y aunque en mi alma hay un pozo y en mi sangre habita
un náufrago, mis sentimientos por ella pagan el rescate y yo me escapo abrazado
a mi sueño con el que al acaso cruzo el mundo, sin pensar de dónde vengo, ni a
dónde mis pasos me llevarán.
No niego que por veces la veo como la imagen que en un
sueño pasa, como un rayo de luz tenue y difusa que entre las tinieblas nada.
¿Será verdad que, huésped de las tinieblas, de la brisa nocturna, un tenue
soplo alado me hará subir a una región vacía para encontrarme con ella?
A veces me pregunto si todas las palabras que me han
quedado presas en la punta de la lengua, de haberlo hecho hubiesen cambiado nuestras
vidas… Mientras no descubro la respuesta, la seguiré soñando eternamente.

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