La noté muy quieta, mirándome fijamente, aunque no se
percatara que su lindo rostro delataba todo el color de sus sentimientos. A mí
me dio las sensación que se encontraba muy afligida por algún motivo, pero no
por eso dejaba de ser una mujer bellísima.
Sus gráciles ojos verdes brillaban como si estos fuesen
un delicado par de botones de jade engarzados sutilmente en su semblante. No lo
hacía de exprofeso, pero sus labios entreabiertos dibujaban una mueca de
extasiada candidez.
Mismo así, atónito a causa de su lindura, recelé ver un
par de lágrimas furtivas a resbalar por sus claras mejillas. Observarla frente
a mí, era como si yo mirase la luna, y hasta me parecía ver perlas en su rostro.
Ni la nieve más blanca, blanquísima, era tan linda como su sonrisa.
Medio perdido en medio a estas meditaciones, el canto de
mi voz se ahogó de vez en mi garganta. Quedé mudo y se hizo entonces un
silencio enorme. Imaginé que ambos éramos parte presente de una de esas
pinturas que cuelgan de las paredes en una quietud eterna que los frenéticos del
mundo no se animan a quebrar.
El nuestro era un efímero encuentro donde no reinó la
palabra. No había necesidad de corromper la mirada. Ellas lo decían todo. Poco a
poco regresamos los dos al fluido del tiempo, cuando entonces ella sonrió y yo
pensé que era un pedazo de sol que caía entre mis manos.
Inquieto, se me ocurrió mirar hacia la inmensa pradera
que se extendía en soledad en dirección certera hacia un horizonte infinito buscando
indicarle tanta hermosura, pero al volver la vista hacia ella, había
desaparecido.
Me quedé con la certeza de que había existido un corto
paréntesis de silencio entre sus manos y mis manos, entre su mirada y mi mirada.
Una frontera de palabras que no llegaron a ser dichas entre sus labios y mis
labios. Sin duda hubo algo que permaneció brillando así de triste entre sus
ojos y mis ojos.
No tuve tiempo de decirle que no la quería para llenar mi
soledad, eso sería mucho egoísmo de mi parte. Ella se marchara antes que yo pudiera
decirle que la quería para completarnos la existencia.

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