Todos tenemos alguna deuda pendiente que pagar. Pero mismo que exista la
culminación lógica llamada muerte, un tema más claro que nieve blanca, si todavía
no la hemos abonado, lamentablemente la tendremos que llevar junto a otra vida
para saldarlas.
Muertes las hay de todo tipo. Sin embargo, cuando ésta burla nuestra
vida cada vez más frágil pese a los avances científicos, el etéreo destino nos acaricia
el hombro y el mundo se evade al instante en una nada. Se puede morir de mil
formas: de un síncope, de hipertensión, de un tiro o una puñalada, o hasta de
amor, lo que para muchos sería un final benigno si hay reciprocidad, si bien
para otros puede resultar casi como un regalo maldito.
Con todo, las deudas suelen jugar un rol central dentro de la anarquía
en que vivimos. Éstas no son más que un compromiso de pago obligatorio entre
dos entes que son representados por humanos, donde el que ha pedido es el
deudor, el que ha entregado o prestado es el acreedor; y lo que ha de ser entregue
puede ser cualquier tipo de bien, tangible o intangible, incluso una solicitud
de amor.
Cuanto a este último tipo de deuda, casi siempre suelen realizarse
pronósticos, si bien algunos son tan falsos como billete de tres pesos, ya que
proponen una dicha mentirosa o el adelanto de una pasión que no era tal. No son
más que copias fidedignas de un deseo pasional o una imitación de lo
inimitable, porque su sentido real, único, original de la emoción verdadera,
quedó allá lejos, perdido en el silencio del olvido.
Esencialmente, se podría afirmar que ciertas deudas de concepto moral
provenientes del mal de amores, son de por sí obligaciones imposibles de
cuantificar o reembolsar de acuerdo con la magnitud de las declaraciones que
fueron condicionadas previamente; un trágico momento en que el acreedor o
acreedora ve su corazón desfallecer, por lo que de la escatima solamente le
sobrará remordimientos y diez dedos de desconsuelo.
Lo que le sobra, en verdad, es una deuda pendiente que en algún momento
el corazón desamorado habrá de saldar.

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