Horacio era un
hombre viciado en carreras de caballos. Pero como no era un individuo de muchas
poses ni dinero sobrando, buscaba controlar su impulso, ya que no podía arriesgarse
en la aventura de muchas apuestas.
Sin embargo,
seguía de cerca las novedades del turf a través de los programas del propio Jockey
y las premisas que publicaban los periódicos, como no perdía oportunidad de
conversar sobre ese tema con los entrenadores de caballos y los amigos que
curtían la misma pasión que él. En todo caso, le gustaba seguir de cerca la
filiación de los animales y a quien ellos pertenecían.
Pero es sabido
que el juego de turf tiene sus propias peculiaridades, ya que si se realizan
veinte consultas, seguramente se obtendrán veinte candidatos en lo que se
denomina una “carrera abierta” en la jerga de este deporte, o sea, que
cualquier animal puede ganar, independiente de que la prensa apunte uno y otro
como los más indicados. No habían resultado pocas las veces en las que Horacio presenciara
un tal caballo ganador que nadie tenía en los papeles ni daba un vintén por el
mismo.
Por esa época
había carreras sábados, domingos por la tarde, y lunes y jueves por la noche.
Pero durante los días que se corrían los Grandes Premios, también llamados de Derby, Horacio se alborotaba con el evento. Comparecía a esas fiestas con gran
satisfacción, no perdiendo ninguna. Sus bolsillos estaban llenos de programas
de turf y algunos pules perdidos.
No era
solamente el placer del juego en sí. Ese había sido el deporte de los reyes que
se iniciara con la clase alta en el reino Inglés; y por alguna razón no
comprendida, a Horacio le encantaba andar metido de cabeza en ese ambiente de
fiesta, cuando se le podía ver mirando con su binóculo todos los pareos. Ganase
o perdiese, permanecía siempre sereno, sin dar grandes demostraciones de
alegría o disgusto.
Pero resulta
que cierto día su esposa soñara que una yegua en la cual su marido tenía una
participación, iba a ganar la carrera, y lo incitó, diciéndole: -Apuesta en
ella, vas a ganar mucho dinero.
Poco después,
cuando Horacio llegó al hipódromo, el entrenador le comentó que sería imposible
que esa yegua ganara nada ese día, ya que el animal tuviera un malestar
cualquiera durante la noche anterior.
Con aire
despreocupado, Horacio asistió a los demás pareos que se corrían esa tarde,
hasta que llegara la hora de su potranca correr. Se mostraba indiferente: ¿qué
podría hacer un animal enfermo?, se consoló dando de hombros.
A pesar de
ello, es cuando entonces la yegua, que en la carrera venía metida junto al
grupo, dispara y gana fácil el pareo.
Para algo le sirvió
su hazaña: Horacio volvió temprano a su casa, y ni habló. Se quitó la ropa y se
acostó: al final, la cama es un buen lugar para ahogar las desdichas.
Al día
siguiente le contó lo ocurrido a su mujer, que desde ese día nunca más soñó con
nada. Y si soñó, no le dijo nada a su marido. Por las dudas que ese día diese
errado su palpite…

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