Nadie puede negar que la intoxicación etílica, ebriedad
o embriaguez, sea un estado
fisiológico inducido por el consumo excesivo de alcohol. No obstante, algunos, en el habla
coloquial y vulgar, se refieren a ese tenebroso estado de otras maneras, por lo
que recibe numerosos nombres tales como: borrachera, cogorza,
mona, mamúa o melopea… Expresiones de por sí
desnecesarias, porque tan sólo ver el estado del individuo ya lo dice todo.
Evidente que muchas sociedades tienen sus propios estereotipos
culturales que están asociados con la ebriedad; por lo que mientras algunos
consideran a aquellos capaces de beber grandes cantidades de alcohol como
dignos de respeto, otros lo consideran como un serio problema moral. Por tanto,
es indiscutible que tal actitud se puede abordar como patológica, puesto que
puede conducir al alcoholismo.
Pero de
nada le sirve a uno salirse con disculpas del tipo “bebí demás” después de
aprontar alguna sandez. Por lo menos es lo que afirma la ciencia, la cual ha
comprobado científicamente que cuando bebemos más allá de la cuenta, además de perder
la brújula con los pies, sólo hacemos y hablamos aquello que siempre tuvimos
ganas pero nos faltaba coraje de exponerlo por miedo o inseguridad.
Por
tanto, si usted trasbordo el balde y pagó mico en la fiesta, telefoneó para la
ex y se le declaró amorosamente, o contó un secreto oscuro de algún amigo, tenga
en cuenta lo cuanto ira sentir de remordimiento al día siguiente, pues, por lo
menos en la teoría, usted debe asumir la responsabilidad por sus actos.
Tal
afirmación se basa en la indicación de los investigadores de la “Universidad de
Missouri”, quienes revelan que el alcohol no elimina nuestra capacidad de saber
exactamente lo que uno está haciendo, ya que sólo anula los sentimientos de
culpa, remordimiento y vergüenza. Lo que en otras palabras, significa que estando
chupados, sólo hacemos y hablamos apenas aquello que siempre tuvimos ganas.
Para
alcanzar tal erudición, estos licenciados convidaron 67 personas para realizar una
prueba. Los individuos fueron divididos en tres grupos: 22 tomaran refrigerios,
otros 22 ganaron bebidas supuestamente alcohólicas (sin saber que la bebida en
realidad no contenía alcohol), y el restante bebió vodka con tónica. Luego
después, todos se sentaron frente a un computador, donde tenían que presionar la
tecla con la descripción correcta de cada imagen que aparecía… Fueron más de
300 imágenes.
Obviamente,
todos los participantes cometieron algunos deslices, por lo que confesaron, después
del examen, que se habían equivocado. Con excepción de los embriagados, que
cada vez que percibían sus erros, disminuían la velocidad de las respuestas, a
fin de evitar otros equívocos.
Como todas
las actividades cerebrales de los participantes fueron acompañadas por
electroencefalograma, los doctos afirmaron que era el cerebro quien les enviaba
esa señal, para ellos redoblar la atención después de un error.
Sólo que,
entre los embriagados, por más que ellos reconociesen los errores, esa señal
era más débil… “Nuestro estudio muestra que el alcohol no reduce nuestra consciencia
sobre los errores, y sí, que reduce apenas lo cuanto nos importamos en cometer
tales errores”, llega a explicar Bruce Bartholow, uno de los autores de la investigación.
Moral de la
historia: Jamás busque justificar sus errores por causa de la bebida. Eso ya es
historia para buey dormir, ya que su estado fisiológico oscilante lo mostrará más sincero de lo que es.
(*) Por si está dispuesto, pase por http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”. Allí lo aguardan algunas imágenes
instantáneas del cotidiano. Además, mis libros están en www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante
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