Por
veces, recordar el pasado es un ejercicio muy útil, pues eso nos permite entre
otras cosas, establecer índices comparativos con el presente y medir
debidamente las cosas buenas y malas de cada época. Cuando se ha pasado la vida
en una ciudad que ha crecido menos que otras en este mundo de desenfreno
demográfico pero que sin embargo ha cambiado mucho, puede ser interesante
buscar puntos de referencia en un pasado donde la gente creía que el bienestar
de esta sociedad iba a ser eterno y la estabilidad económica estaba asegurada
de por vida.
Hasta
mediados del siglo pasado esa confianza perduró, pero comenzó a hacerse pedazos
cuando la moneda de cada país sudamericano empezó a tambalear y la capacidad
adquisitiva de la población fue deteriorándose. Luego después la cosa mudo, y
podemos recordar todavía hoy la sorpresa de muchos ante las primeras marchas
conjuntas de vocingleros obreros y enardecidos estudiantes al desplazarse por
las principales avenidas, como manifestaciones de una naciente inestabilidad,
que asumían una desusada magnitud y anunciaban los descalabros que llegarían en
años siguientes.
Por de
pronto, esos mismos países hasta entonces tranquilos y confiados iban a
convirtiéndose en países inquietantes, y empezaban a transformarse al surgir
ciudades con brotes de violencia callejera y movilizaciones de creciente
agresividad que culminarían en los disturbios de la década siguiente.
Claro que
la memoria es útil no solamente para recordar aquel proceso sino además, para
ubicarlo en un período donde conviene identificar causas y consecuencias. Por
tanto, hay que estar atento para tantear los indicios de toda crisis y prevenir
los descalabros que puede acarrear, cosas que no se sabían hace medio siglo
pero hoy deben preverse, sacar conclusiones de la buena memoria y aprovecharla
para no recaer en los mismos errores.
Una vez,
alguien que sabía lo que decía, advirtió que los pueblos incapaces de recordar
su pasado están condenados a revivirlo, y esa utilidad de la memoria consiste
justamente en eso, en capacitar a la gente prudente para recordar lo que pasó y
evitar que los peores vuelcos del pasado se repitan.
Por eso
pienso que los políticos deberían tomarlo en cuenta porque ésa es su
responsabilidad, que los intelectuales deben tenerlo presente porque ése es su
privilegio, y también -por qué no- deben considerarlo porque un diario es una
herramienta para registrar el presente, pero debe ser también un instrumento
para dejar constancia del pasado, cuya interpretación es indispensable para
entender lo que ha ocurrido, comprender lo que está sucediendo y detectar lo
que está por venir.
Entonces,
cuando varios de los pueblos de América aún eran ciudades apacibles y estaban
localizados en países serenos, la gente vivía con la sensación de que eso no iba
a cambiar. La burguesía no tenía temores, la inseguridad de hoy no existía, los
centros de comercio de la capital era un paseo muy grato, podía recorrerse a
cualquier hora de la noche, sin necesidad de mirar por encima del hombro. La
prosperidad era tal, que los exhibidores cinematográficos tiraban en el zaguán
de las casas de familia sobres con entradas de regalo para el estreno del día
siguiente, junto con una botella de refresco que costaba diez centésimos en
cualquier buen boliche.
Ese mismo
precio tenía un boleto de ómnibus y cualquier empleado público o de comercio
podía mantener a toda una familia con su sueldo. Por esa época, los libros eran
baratos, al alcance del bolsillo de un comprador de clase media, y un jubilado
común podía vivir de su pasividad y no existía como ahora, la mendicidad
callejera ni los indigentes durmiendo en los umbrales, y mucho menos, los
patéticos carros hurgadores, que algunos sectores políticos de esos mismos
países se niegan a erradicar, confundiendo la indignidad con lo que consideran
un derecho al trabajo, olvidando quizás, el espanto que ello significa para los
menores de edad.
La buena
memoria también es útil para no olvidar que en la mayoría de esos países se
podía vivir, con aprieto, pero decorosamente, y en cuya capital la población
estaba a salvo del miedo a la delincuencia, donde la enseñanza pública era un
modelo y la pobreza no era un espectáculo con el que se tropezaba a cada paso.
Esos y
otros datos similares, que pueden sonar a nostalgia, más sentimental que
realista, son sin embargo parte de lo que aporta la memoria, un mecanismo sin
el cual nadie está capacitado para interpretar el presente. Por consiguiente, sin
esa posibilidad, nadie sabe si lo que le ocurre a una sociedad es aceptable, si
lo que le aporta la política es admisible, y si lo que le rodea a uno es digno
o no lo es… ¿No concuerda?
(*) Siguiendo
la misma línea y estilo del presente Blog, surge ahora “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”, que contiene apena
instantáneas del cotidiano, disfrútelo en: http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ Además, continúa a su disposición mis libros en el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante ...
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