-Ya voy, mi
amorcito -anunció la madre con voz tierna, porque en la camita su bebé lloraba
desconsolado, mientras de pie, al lado de la hornilla, ella cuidaba la leche
que hervía. No sabía lo que debía cuidar primero.
Al final
del día, extenuada por los cometidos del hogar, en ese instante su voluntad era
de acostarse y no levantarse más. Hasta imaginar algo agradable le resultaba
difícil.
¿Qué podía
pensar de interesante? Alcanzó a cavilar la madre, de ceño arrugado y boca
fruncida. A no ser que su pequeño hijo parase de llorar y que la maldita leche
hirviese de una vez para poder alimentarlo.
Cuando
finalmente pudo aferrar a su niño, lo apretó cariñosamente contra su pecho y por
milagro el cansancio se evadió de su cuerpo, la voluntad que tenía de acostarse
desapareció y su corazón volvió a latir rítmico.
Cerró los
ojos por un segundo y se sintió feliz; ni parecía la misma mujer de instantes
atrás. No había duda que aquél diminuto corazoncito que estaba batiendo junto
al suyo, era lo que le daba suficiente coraje para enfrentar sus propias desgracias.
Mientras ella
saboreaba del momento y se sentía de espíritu elevado, la puerta de su humilde
casa fue abierta de pronto de un puntapié. Era su hombre, que notoriamente
venía otra vez borracho.
-Dale, haceme
un café -ordenó éste, perentorio.
Como ella
se demoraba, el marido le arrancó el crío de sus brazos y lo tiró peligrosamente
sobre la cama grande. Sin embargo, justo cuando el hombre se preparaba para
bajar el puño con furia sobre su hijo, la mujer tomó una cuchilla y, reuniendo
fuerzas extrañas, se la clavó en las costillas varias veces hasta que lo vio
caer inmóvil. Había sido una leona protegiendo su cachorrillo.
Entre el
hijo y su compañero, el amor de madre habló más alto, y en ese momento crucial
sólo pensara en cómo defender la vida de su inocente hijo. La cuchilla estaba a
mano encima de la mesa, y ésta se transformara en su único recurso.

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