Estoy convencido que existen personas que con solo abrir la boca y decir
una palabra encienden la ilusión, que logran llegar a todos los límites del
alma, que alimentan una flor, inventan sueños, las que de repente hacen cantar
el vino en las tinajas, y permanecen después, serenas, como si nada.
Lo cierto de todo ello, es que cuando al fin percibimos que queremos
pasar el resto de nuestra vida con ese tipo de persona, deseamos que ese resto
de nuestra vida comience lo antes posible.
A mí me gusta
llamarlo de amar lo sublime, de festejar los detalles simples, con la misma
transparencia de advertir las cosas que me envuelven con el resplandor de una lluvia
que cae y desaparece… No de aquella lluvia que cae como catarata agrupada en
una sola gota opaca y pesada.
Diría, más
bien, que es un amor que surge como camino mojado por las aguas de fines de Marzo,
otoño que brillará entonces como si fuese cortado en luna llena, en plena
claridad de la madrugada, en mitad de una fruta madura, en una boca suplicante elevada
a la luz de la luna.
Un sentimiento
que será igual como lo es el agitado mar que para las calles hace correr precipitada
la vaga neblina del amor como aliento de animal que fue encerrado en el frio, para
luego ver las desplegadas lenguas de agua que se acumularán en las
alcantarillas del camino, prestes a cubrir ese mes que a nuestras vidas
prometió la eterna floración de primavera.
Contigo presa en
mi alma, he de volar en ese tiempo, dulce amor de mi vida, sin alas, sin dudas,
pero como si fuese águila guerrera, y entonces me he de inclinar sobre el fuego
de tu piel de durazno maduro, de tu frágil cuerpo nocturno sin estrellas pero
con miles de pecas y lunares, y no apenas amaré entonces tus senos y tu vientre
como si amase ese nuevo invierno que se ha de diseminar como niebla en tu
sangre, sino tu alma entera.
Tú y yo, entonces,
ya no necesitaremos zapatos ni caminos para recorrer esta tierra, errantes,
para echar raíces de amor en la noche.

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