Incongruentes campanillas que tintinean en el pecho, mariposas que
revolotean en el estómago, pies que pisan en nubes, una mente lejana extraviada
en la nostalgia son, sin duda, los desvariados sentimientos de todo ser apasionado.
Vencido por esas emociones, cuando la aurora vuelque de vez sus flores silvestres
en la inmensa copa del cielo infinito y en el aire de cristal que envuelve hoy
mi alma se desmigaje el canto del último ruiseñor, viviré el momento en que la
brisa matinal reabrirá las rosas para decirle a las ilustres violetas que ellas
ya han desplegado su espléndido ropaje multicolor, y quizás mi alma descubra entonces
que si existen lámparas que se apagan han de surgir esperanzas que recién se
encienden.
Dama de mis sueños incontinentes, ese efluvio menudo y tenue que envuelve
las flores, ¿por acaso es una voluta de perfume o el débil amparo que les
concedió la luna entre la bruma de la noche? Por acaso tu cabellera de oro caída
como catarata sobre el rostro en la alborada, ¿son las tinieblas de la noche
que tu mirada ha de disipar con el primer rayo de sol?
Princesa de mis quimeras, cuando vaciles bajo el peso del dolor porque
ya no hay noches de plenilunio o tu amor se ha roto o de repente se marchitó, cuando
estén ya secas todas las fuentes de tus llantos, cuando el resplandor del día
te exaspere, o cuando llegues a desear que una noche sin aurora se abata sobre
tu mundo, piensa entonces en el césped que brilla tras la lluvia o el rocío de
la madrugada, piensa en el despertar a mi lado… Es lo que deseo y sueño.
Notarás entonces que así como el cielo nocturno vuelca sus rosas de amor
sobre la tierra de mi corazón reseco, las estrellas han de dejar caer sobre el
tuyo sus pétalos de seda para tapizar el jardín de tu alma… Ven, ven a beber de
mi copa el rosado vino de la felicidad.
Esta es precisamente mi vida ahora, cazar ideas, soñar despierto y casi
siempre hablar dormido y, de vez en cuando, cuando estoy con suerte, hablar contigo.

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