Los humanos tenemos una necesidad instintiva de estar cerca unos de
otros. A algunos de esos entes los llamamos de amigos, si bien lo que
pretendemos decir realmente, es “conocidos”, puesto que en realidad la amistad significa
dos sujetos que están comprometidos entre sí durante un tiempo relativamente
prolongado que les permite atravesar juntos conflictos, alegrías, tristezas y
demás cambios y sentimientos.
Más o menos, todos coincidimos que haber vivido sin tener un amigo
verdadero es haber perdido una de las experiencias humanas más satisfactorias y
estimulantes que nos concede la vida. Sin embargo, lo que vemos, es que todos
los días las personas viven y mueren ante extraños, solos, sin haber tenido
jamás un amigo real.
Claro que existe un modo indeliberado de entender la vida, como si fuese
un estilo sin bullas ni hurras, sin la huerfanidad de las tinieblas ni el
acompañamiento rítmico de las melodías. Pero eso sí, hay que tener cuidado y no
avanzar la vía, porque de nada sirve ser vagabundo ni gozar de las primicias de
la soledad, pues eso es lo que permite que el cuerpo se vuelva un artefacto y
ya no importan vergüenzas ni utopías.
Por supuesto que cada alborada mañanera reclama su indispensable accesorio,
donde cada crepúsculo pasa a ser un artilugio inevitable, y cada relámpago una
chispa suelta.
Se estima que en el modo mecánico de entender la vida, uno tiene que ser
medio maestro y artesano a la vez, por lo que debe adquirir una herramienta sin
perdón, un serrucho de angustia, un cincel de rabieta.
Yo, por ejemplo, todos los días enfrento mis monstros internos y nadie
se entera de ello. Sin duda hay días en que el cansancio me arranca lágrimas,
pero hay otros en que la esperanza me recoge en risas. Por tanto, necesitamos
que ser gentiles unos con los otros, y a su vez respetar lo que no conseguimos
entender. Cada uno sabe las batallas que vence dentro de sí.
Cada instante que uno pase disgustado, desesperado, angustiado, furioso
o dolido, a causa del comportamiento de otra persona, es un instante en el que
renunciamos al control sobre nuestra vida.
Ah, pero cuidadito con desanimarnos si algún tonto nos dice que nos
falta un tornillo.

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