Montado en la
vieja caracola de la vida, me acostumbré a vivir en un mundo nuevo en que decir
te quiero es como decir buenos días, en el que un beso significa que cuerpo
atractivo tienes y los para siempre duran cuando mucho dos meses, donde las palabras
expresadas están llenas de falsedad, donde los abrazos ocultan verdades e
insultos se convirtieron en caricias tiernas. Vivo en un mundo en el que ya nada
es lo que parece.
Indiferente a
todos esos pareceres de ocasión, a mí aún me estremece la imagen de un soleado atardecer,
la luz de la luna reflejada en desoladas planicies, estrellas desnudas en la
noche oscura, el sorbo de un buen café, el compás de una bella melodía
surgiendo dócil de una victrola, el cálido calor de una mirada, el sublime vigor
de un beso, el poder compartir un vino durante una charla amena, y la tórrida
autoridad de una caricia.
Pero cuando
se llega a cierta edad en el tortuoso camino de la vida, es fácil comprender que
así, sin más, nada lo es para siempre. Pero, porfiados, todavía nos enamoramos,
aunque sabemos que no será para siempre.
Creo que por
eso nos arriesgamos, y quizás sea por eso nos entregamos hasta quedarnos vacíos
por dentro. Y una vez apasionados, en las noches nos entretenemos con las estrellas, ansiosos por capturar la
que empieza a florecer, para, melancólicos, conseguir sostenerla algunos breves
instantes entre las manos.
Con una
puntada de dolor en el alma, hoy confieso que has sido siempre una imagen, una
efigie alada, un excelso dibujo de diosa que yo creé a partir de un conjunto de
anhelos, de antojos fragmentados, de deseos incumplidos, de pequeños fracasos…
Aun así, yo querría tenerte en mi cama de la manera más inocente, para
saber si roncas, si hablas dormida, para escuchar tu respiración, los latidos
de tu corazón, y sentir el calor de tu cuerpo, y entonces, cuando despierte por
la mañana, poder decirte otra vez lo mucho que deseaba vivir ese momento.
Rodeas mi
insomnio, amada mía. Hoy te extraño y esa añoranza corta como navaja afilada. Es
como el viento frio levitando mi alma y yo esperando aquí, como un vino
envejecido para beberte de un solo trago.
Algo de
nosotros ha de permanecer, no solamente una noche fría… Mismo así, ¿qué más da vivir otra
noche de desvelo, si ya no sé qué duele más, el no dormir pensando en ti, o
estar despierto y recordarte?

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