El mentiroso suele
contar su cuento, pero el sabio lo hace mejor. No siendo yo ni uno ni otro,
veremos entonces cómo se sale éste.
…María Amelia fue convidada muy sobre la hora para el cumpleaños de una
amiga. Atareada en su profesión de médica, como siempre, y agobiada por causa del
acúmulo de trabajo en la clínica y el consultorio, no encontró tiempo libre
para comprar el regalo.
Sin llegar a obsesionarse con ello, resolvió procurar alguna fineza que
ya tuviese en casa y que sirviese para obsequiar a su amiga. Encontró un
echarpe, pero no tenía papel para envolverlo. Descubrió un collar dentro de una
caja, pero recordó que su amiga era alérgica a bisuterías. Unas medias, pero como
ella gorda, el tamaño le resultaría pequeño. Cosas para la casa, ni qué hablar,
su amiga ya le contara que no tenía más lugar para guardar nada, de tantas que
poseía.
Después de mucho revolver en los armarios, finalmente encontró una caja de
tamaño regular, pero con envoltorio y, por lo que recordaba, ése había sido un
regalo de una persona que siempre le daba buenos presentes. Ponderó, si no
estaba engañada, que era un agasajo que José Eduardo le había comprado hacía un
par de meses en el free shopping de un aeropuerto lejano.
Eligió para vestirse un trajecito gris ceniza, nuevo, una blusa blanca
muy bonita, se arregló un poco el cabello, pues no tuviera ni tiempo de
peinarse; pero como ella lo llevaba corto le quedó muy bien. Se maquilló con
prisa, dibujó unas líneas finas alrededor de los ojos, pasó un poco de rímel y,
al mirarse al espejo, quedó satisfecha con el resultado.
Cuando llegó a la fiesta, la casa ya estaba llena y cada una de las
comensales se encontraba con su regalito en la mano. Justamente en ese momento,
la anfitriona iría recibir los obsequios, uno a uno, y mostrar para todas lo
que había ganado. Esa era una invención que surgiera minutos antes de una de
sus amigas que había venido recientemente de París, para que la anfitriona pudiese
recordar de quien era cada mimo que recibiera.
El juego se prolongó entre gritos y risas de algarabía, hasta que llegó
la vez de la querida amiga de trajecito gris ceniza y blusa blanca, que ya
estaba afligida por mostrar su regalito, e imaginando por anticipado lo que
dirían las otras convidadas al ver el perfume francés.
Cuando la alborozada cumpleañera abrió el envoltorio, vio que era
realmente un perfume francés, de los buenos, pero dentro de la caja había también
una tarjeta pequeña dedicada a la donadora, con el nombre completo de María
Amelia y la firma de José Eduardo, quien había ofertado el regalo, junto con
una dedicatoria romántica que la amiga se encargó de leer en voz alta.
De repente, el silencio en el salón fue total. En cinco minutos María
Amelia salió de la fiesta, de rostro cubierto por el rojo de la turbación, y
sin saber dónde meter la cara.
Pero, eso sí, entre protestos mudos, se juró a sí misma que nunca más
daría a quien fuese un regalo envuelto sin saber lo que contenía dentro.

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