Con ojos casi
siempre llorosos no a causa del llanto sino por la propia vejez, puedo reparar con
cierta fascinación las ajadas palmas de mis manos. Me embarga una pena verlas
tan mustias, pero no alcanzo a echarles en cara el hecho de que ellas ya no
conserven el recuerdo táctil de las mujeres que amé y otrora mil veces acaricié,
aunque en la mente sí las siga teniendo bien presentes.
Es gracias a
ellas que hoy puedo recorrer plácidamente aquellos cuerpos como quien pasa el
rollo de una película de amor y detener la cámara a mi gusto para fijarme en un
cuello que ya no sé bien de quien era pero que siempre me conmovió; en unos
pechos que tampoco recuerdo a quien pertenecen pero que durante varios años me
hicieron creer en algún dios; en una cintura delgada que reclamaba por mis brazos
que en aquel entonces eran fuertes; en cierto pubis de musgo rojizo, un matorral
de lujuria que tanto se aparecía en mis ensueños como en mis pesadillas; o hasta
en un par de labios gruesos de un rojo oscuro como sangre de toro brioso brotando
entre las venas, siempre sedientos de besos de salacidad.
Lo más curioso
de todo, es que a menudo me acuerdo de algunas partículas de los cuerpos y no
de los rostros o los nombres. Sin embargo, otras veces recuerdo un nombre y no
tengo muy clara la idea de a qué cuerpo correspondía
Pero existe un
nombre que recuerdo junto a su cuerpo. Claro que es el de mi mujer. Es que estuvimos
tantas veces juntos, ya sea en el dolor pero sobre todo en el placer, que se me
hace imposible borrarla de la memoria. Como no fuimos solamente cuerpos que han
vivido los años, ella, mientras pudo, supo muy bien cómo hacerlo.
En aquel
entonces me bastaba una miradita de sus ojos saltones para que se me pusieran
los nervios de punta. Es que mi mujer parecía verle a uno hasta el hígado. Y
hasta puede ser que ella imaginara que yo tenía mis cosas por ahí, sin embargo,
jamás me hizo una escena de celos, esas porquerías que termina por corroer la
convivencia.

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