Ya no me alcanzará la triste noche, si recostado en mi cama como playa
de blancas arenas, dejo que las tibias olas de tu mar de amor platinado por la
luna al pie de infinitas estrellas, bañe mi cuerpo y refresque mi alma con tus
besos de espuma.
Aguardo impaciente la barcarola de tus susurros para regresar ansioso de
otros viajes y dolores, cediendo a que el vals de la serena luna doble mi
cabeza soñando sobre tu pecho de flor nocturna.
Deseoso estoy para que los desvelos de mi vida se deshagan de pronto en
añicos, cuando tu mano que vive y vuela, abran los puños delicados dejando caer
en mi piel señales sin rumbo que amparen la noche de este viajero dormido.
Iremos juntos a viajar entonces a través de las aguas del tiempo, en
cuanto yo sigo el agua que llevas y que me lleva por la noche entre olas de
pasión, por el mundo, hasta que el céfiro de la muerte nos envuelva en el
destino.
Quiero que vivas amada mía, en cuanto yo, adormecido, te espero en los
sueños de la madrugada. Quiero que tus oídos continúen oyendo el viento de mis
clamores de ardor mientras hueles este amor de mar que aprendimos a amar juntos,
y que sigas pisando la misma arena que nuestros cuerpos se acostumbraron a
pisar un día.
Hoy, ausente de mí, sé que por otros sueños tu corazón navega. Cierra
tus párpados, cierra ya esos sueños y entra con tu cielo en mis ojos. Dormirás
ahora con mi sueño, e iras, iremos juntos los dos, a navegar por las aguas
puras como ámbar dormido.
Entonces ya no seré apenas tu sueño, y viajaras de manos dadas siempre
viva, siempre sol, siempre mar, siempre luna.

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