En
principio, tenemos que considerar que las luchas del movimiento obrero que
fueron producidas durante la revolución industrial forman parte de los bienes
colectivos de la civilización. La rebelión contra las durísimas condiciones de
trabajos, el desprecio hacia los derechos de los trabajadores, las represiones
salvajes y los consiguientes mártires condujeron, en Europa, y las Américas, a
las legislaciones laborales y sistemas de derechos que no han cesado de
progresar en las sociedades democráticas. Los anarquistas, los socialistas y
los comunistas lideraron esas luchas y aportaron la mayor cuota de sangre y
sacrificio.
Con el
tiempo, los socialistas se integraron al sistema pluralista de partidos
democráticos, los comunistas devinieron en peones del totalitarismo soviético y
los anarquistas -un vasto piélago de teorías, prácticas y utopías- se redujeron
a una posición testimonial, salvo en la España republicana y algunos otros
casos puntuales.
Su
valentía, sus aspiraciones libertarias, y la utopía de una humanidad
igualitaria y reconciliada en el amor desinteresado han despertado evocaciones
románticas. Es difícil no emocionarse ante películas como “Tierra y Libertad”,
de Ken Loach y aun con “Libertarias”, de Vicente Aranda. Pero no es menos
cierto que la memoria y los artistas han idealizado y disimulado sus peores
versiones como la corriente llamada “La propaganda por el hecho”.
Uno de
sus representantes de ese movimiento fue el piamontés Luigi Galleani. Nació en
una familia acomodada y monárquica, estudió Derecho y fue seducido por las
ideas revolucionarias. Pronto se unió al movimiento anarquista donde se destacó
por la vehemencia de sus escritos y en particular su oratoria, a la que
prestaba su porte aristocrático: alto, robusto, siempre vestido elegantemente,
la mirada feroz y la barba en punta. Uno de sus seguidores afirmó: “Si
escuchabas a Galleani, salías dispuesto a dispararle al primer policía que
vieras”.
En 1894 fue
detenido y condenado a 3 años de prisión y 5 de confinamiento en la isla de
Pantelaria cerca de Sicilia, por asociación criminal. Se escapó en 1899 y llegó
a EE.UU. en 1901. Ya tenía 40 años. Recorrió todo el Este dando incendiaros
discursos y participó en algunos eventos como la violenta huelga de los
tintoreros de Paterson (New Jersey) de 1902. Probablemente haya sido una de las
pocas veces en las que estuvo actuando en primera línea; recibió un balazo.
En 1903
se instaló en Barre, Vermont, amparado por un grupo de trabajadores de los canteros
de Carrara. Allí comienza a editar “Cronaca Sovversiva”, un periódico que
pronto alcanzó un tiraje de cinco mil ejemplares distribuidos a lo largo del
país y el extranjero. En 1905 publicó “Le salute è in voi!” (La salvación está
en ustedes), “un sencillo folleto para todos aquellos compañeros que quieran
educarse.”, anunciaba. En realidad se trataba de un manual de 46 páginas para
la fabricación de explosivos. En la primera edición cometió un error al
transcribir la fórmula de la nitroglicerina, por lo que varios fabricantes
sufrieron explosiones prematuras. Lo corrigió en la edición de 1908.
El núcleo
duro del galeanismo estaba compuesto por unos 50 militantes: gente simple,
obreros inmigrantes, entre los que se incluían Nicola Sacco y Bartolomeo
Vanzetti. Las arengas de Galleani incluían frases como: “La tormenta ha llegado
y pronto los alzará, los estrellará y aniquilará a todos ustedes en sangre y
fuego... ¡Nosotros los dinamitaremos!” No eran hipérboles; los galeanistas
cometieron algunos de los atentados más sangrientos de la época.
Por
ejemplo, el 24 de noviembre de 1917 en la ciudad de Milwaukee, la policía
encontró una bomba de gran poder junto a los cimientos de una iglesia. Fue
transportada al Departamento de Policía, donde explotó matando a nueve policías
y a una mujer civil. Era el mayor atentado terrorista en los Estados Unidos,
hasta ese momento, al que seguiría el de Wall Street que en 1920 mató de 38
personas. Hubo muchos más, la mayoría fracasaron, solo por impericia.
Un año
antes, un cocinero galeanista, Nestor Dondoglio, había envenenado la comida
destinada a los doscientos invitados a un banquete en honor al arzobispo de
Chicago. Puso arsénico en la sopa, pero se pasó en la dosis, las víctimas vomitaron
inmediatamente y nadie murió. En abril de 1919 llevaron al correo unos treinta
paquetes de dinamita destinados a políticos, autoridades judiciales y
financistas. Pero en la mayoría de los paquetes pusieron menos estampillas de
las necesarias para el franqueo, uno solo llegó a destino y estalló, también
antes de tiempo, amputándole las manos a la empleada doméstica de un senador.
En junio
del mismo año, cuatro de sus seguidores decidieron hacer volar una planta
textil de Franklin, Massachussets: todos murieron cuando la bomba estalló
prematuramente. Era parte de un vasto plan de explosiones, con artefactos que
incluían metralla y utilizaban hasta 9 kg de dinamita. Como resultado murieron
un sereno, una mujer que pasaba por la calle y Carlo Valdinoci, hombre muy
cercano a Galleani; ninguno de los objetivos.
El
Departamento de Justicia, dirigido por Mitchell Palmer, respondió con una serie
de ineficientes e ilegales redadas, las “redadas de Palmer”, que fueron
detenidas por la judicatura, sin lograr ningún resultado concreto. El otro
instrumento, de relativa eficacia para combatir a los terroristas fueron las
deportaciones, amparadas en la legislación. Luigi Galleani y ocho de sus
partidarios fueron deportados a Italia.
Le
siguieron una serie de arrestos selectivos como el del tipógrafo Andrea Salsedo
que murió el 3 de mayo de 1920 -en circunstancias nunca aclaradas- al caer
desde una ventana del piso 14 del FBI. Dos días después fueron detenidos los
también galeanistas Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. Se les encontraron
armas, y a falta de pruebas de mayor contundencia, les imputaron dos
improbables crímenes durante un asalto. El largo juicio y su ejecución, siete
años más tarde, conmovieron al mundo.
Mientras,
en Italia, Galleani permaneció en residencia vigilada, alternada con dos breves
encarcelamientos. No cesó de escribir y terminó sus días apaciblemente, ya bajo
el régimen de Mussolini, en Caprigliola, un pueblo de la región Toscana, el 4
de noviembre de 1931.
Bueno, quizás, o tal vez, sea una exageración de mi parte querer
comparar el evento deportivo mundial que se aproxima, con los atentados sangrientos practicados por los aplicados discípulos de
Luigi Galleani, pero como van las cosas, es de
figurarse que, con menos intensidad, ocurran cruentos enfrentamientos cuando
algunas de las selecciones se enfrenten en la cancha… O cuando a los
enmascarados anarquistas de siempre se les ocurra querer practicar atropellos
similares… ¡Ojalá que no!
(*) Si
desea, dese una vueltita por http://guillermobasanez.blogspot.com.br/ “Infraganti!!! Imágenes sin retoque”, un blog con algunas imágenes
instantáneas del cotidiano. Mis libros están en el sitio: www.clubedeautores.com.br/carlosdelfante ...
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